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Ocio Viajes TRAS LOS PASOS DEL ARCA DE LA ALIANZA

TRAS LOS PASOS DEL ARCA DE LA ALIANZA

Texto y fotos: Silvana G.

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Son las cinco de la madrugada. En el interior de la iglesia, unos cuantos feligreses están rezando. Fuera, en el exterior, es todavía noche cerrada. La calle está débilmente iluminada y el silencio es absoluto. De repente, a lo lejos, aparece ante nuestros ojos una marea humana vestida de blanco. Llevan velas encendidas en las manos. A medida que avanzan en nuestra dirección, se distingue entre el gentío a los sacerdotes, ataviados con sus mejores ropas, unas largas capas de vivos colores: verde, rojo, azul, morado...Llevan el Arca de la Alianza. A pesar de la multitud, reina un silencio sepulcral y cientos de lucecitas resplandecen en la oscuridad. Es un momento sobrecogedor. Nos unimos a la procesión y caminamos muy despacio por las calles de la ciudad, mezclados con los fieles que mantienen en todo momento una actitud de recogimiento. Cuando por fin alcanzamos la plaza principal, está amaneciendo. A esa hora comienza la ceremonia religiosa, con el Arca y los sacerdotes  en medio de la plaza y los fieles congregados alrededor.

 

Esta procesión se repite periódicamente todos los meses en Axum, la ciudad más sagrada para los cristianos de Etiopía ya que, según éstos, el Arca de la Alianza descansa aquí, en la Iglesia de Santa María de Zion.

 

Según el libro “Kebre Negest” –Gloria de los Reyes- el Arca llegó a Etiopía hace unos 3.000 años de la mano de Menelik I, el hijo del Rey Salomón y de la Reina Makeda, la mítica Reina de Saba. Durante más de 800 años, estuvo escondida en un monasterio del Lago Tana hasta que fue trasladada a su ubicación actual en Axum. Por ello, los etíopes consideran que son el pueblo elegido de Dios.

 

De acuerdo con las creencias cristianas ortodoxas etíopes, la única persona que puede contemplar el Arca de la Alianza es al guardián de la Iglesia de Santa María de Zion; cualquier otro mortal podría perder la vista. Nadie más puede dar fe de su existencia real. El Arca que desde hace años recorre incansable de noche las calles de Axum es, en realidad, el Tabot, una réplica de las Tablas de La Ley –los Diez Mandamientos- que Moisés guardó en el Arca de la Alianza.

 

El cristianismo ortodoxo es la religión mayoritaria en Etiopía, practicada por el 50% de la población, sobre todo, en el norte. A diferencia de otros países del continente africano, el cristianismo no llegó aquí con los colonizadores europeos, sino que su implantación se remonta al siglo IV cuando el poderoso imperio de Axum lo acogió como religión oficial.

 

Los etíopes han hecho una interpretación singular de la liturgia cristiana: siguen el Antiguo Testamento y mantienen costumbres y ritos de influencia judía como la circuncisión, la observancia del Sabat (el sábado es el día festivo) o el ayuno. El objeto de culto más sagrado es el Tabot, que está presente en todas las iglesias del país. Se trata de un cuadrado de unos 15 centímetros hecho de mármol o alabastro que se guarda en un cofre cubierto con unas telas para salvaguardarlo de miradas ajenas: sólo los ojos de los sacerdotes pueden verlo.

 

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Si Axum es la ciudad más sagrada de Etiopía, Lalibela es el principal centro de peregrinación. Sus once iglesias excavadas en la roca viva son, para muchos, “la octava maravilla del mundo”. Poder admirar estas iglesias es un sueño. Como también es un sueño el que sean una realidad. Según la leyenda, allá por el siglo siglo XIII el Rey Lalibela soñó una noche que ordenaba la construcción de once iglesias como símbolo de la Jerusalén celestial y de la Jerusalén terrenal. Y así lo hizo. Sus hombres trabajaron sin descanso durante el día para hacer realidad ese sueño, Por la noche, un “ejército de ángeles” continuaba esa ardua labor. La construcción de las once iglesias duró sólo 24 años. Aún hoy en día, los expertos se preguntan cómo se pudieron hacer esas iglesias monolíticas con tanta precisión y exactitud en aquella época.

 

La construcción de estas iglesias, al  igual que las del resto del país, sigue el esquema del Templo de Salomón con tres espacios diferenciados: uno cerrado, otro sagrado para la liturgia y el que está destinado al coro.

 

De las once iglesias de Lalibela, la más famosa es la de Bete Georgis o Casa de San Jorge, un monolito perfecto de quince metros de altura y planta cruciforme. Pero las más populares entre los fieles son Bete Maryam o Casa de la Santa María y Bete Medahme Alem o Casa del Redentor del Mundo.

 

A medida que uno se acerca a estas dos iglesias, su primera visión son unas imponentes paredes excavadas en la roca de color marrón oscuro, teñidas de verde por el musgo y moteadas de blanco, el color de la tela con la que se cubren el cuerpo los cristianos etíopes.  Aquí, ante la grandeza de las iglesias de Lalibela, uno empequeñece, se siente insignificante. Es un lugar que transmite sosiego y paz y el silencio sólo se ve roto por algún cántico o salmodia.

 

Cada día, decenas de feligreses peregrinan hasta aquí para hacer sus plegarias. Cada día, decenas de puntitos blancos caminan despacio hacia las iglesias ayudados por un fino bastón de color marrón, objetoimprescindible entre los creyentes. Antes de acceder a las iglesias, se descalzan. Los zapatos que se amontonan en las puertas de entrada denotan que estamos en uno de los países más pobres del mundo. En la penumbra interior, hombres y mujeres ocupares lugares separados durante las ceremonias, que se celebran en ge’ez, al antigua lengua del reino de Axum.

 

La devoción de los fieles es estremecedora. Esa devoción se extiende más allá de las puertas de los templos. Fuera, unos rezan y entonan cantos mirando hacia los altos muros de Lalibela y hacia el cielo. Otros, sentados a la sombra sobre esterillas, leen la Biblia. Todos tienen una actitud contemplativa. Tu presencia, para unos y para otros, pasa completamente desapercibida. Es como si hubieses dejado de existir.

 

La afluencia de fieles es tal que, en muchas ocasiones, es casi imposible poder atisbar las magníficas pinturas que decoran el interior de algunas de las iglesias. Cada una de éstas tiene su propio guardián y, como no, su propio tabot.



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