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Ocio Viajes Αθήνα, Atenas!

Αθήνα, Atenas!

Josep Lluís Nicolás

alt “¡Ay Solón, Solón! Los griegos siempre sois niños, no hay un griego viejo.”  Estas palabras las pronunció un anciano sacerdote de la ciudad de Saís, en el delta del Nilo a uno de los siete sabios de Grecia seis siglos antes de Cristo. El sacerdote egipcio recriminaba a los griegos que fueran incapaces de recordar su historia y sus tradiciones, muy a pesar de los argumentos esgrimidos por Solón recordando los hechos más antiguos, la llegada del primer hombre, Foreneo, hijo del dios Inaco y de una Ninfa y de cómo evolucionó la vida tras el diluvio. El de Saís tuvo que recordarle a Solón, que había llovido más veces y más diluvios y más destrucciones y reconstrucciones terrenales habían acaecido en este mundo, como la de la Atlántida. Le instruyó en la filosofía que impulsó el gobierno de la isla occidental y de cómo el propio tiempo causó su desgracia y su derrota ante los propios griegos. Un par de siglos más tarde Platón recogió en sus diálogos “Timeo” y “Critias” las informaciones recibidas por Solón.

Los diálogos, en los que hace intervenir a Sócrates, Hermócrates y a los mismos Timeo y Critias se desarrollaron en el ágora ateniense, no muy lejos de la Acrópolis, actual hervidero de turistas.

Paseando por él barrio de Anfiótica se tiene la sensación de estar recorriendo las callejuelas de alguno de los pueblos blancos de Andalucía, aunque lo cierto es que sus habitantes, provenientes del Egeo, encalan sus viviendas en el mismo estilo en que lo hacían en sus islas. Bajo Anfiótica se extiende el mar de edificios que cubre el área metropolitana de la moderna Atenas. Por encima de sus techos de tejas está la Acrópolis y su saqueado Partenón. Los turcos lo emplearon como polvorín. Convertido en objetivo militar los venecianos lo bombardearon con admirable tino. Durante el siglo XIX lo que no había sido destruido ni por los turcos ni por los venecianos fue saqueado por el inglés Lord Elgin quien trasladó hasta el Museo Británico de Londres metopas y frisos completos. Hoy el moderno Nuevo Museo Arqueológico ha dejado espacio más que suficiente para una hipotética devolución del patrimonio heleno.   

Por una de las callejuelas plagadas de comercios del barrio de la Placa aparece un párroco ortodoxo. Hasta ahí nada de particular, sino fuera por la compañía. El religioso anda cogido de la mano de una llamativa rubia vestida de amarillo. La combinación de colores los asemeja a un taxi de Barcelona, pero lo extraordinario es el juego de miradas. El percibe el objeto de la fotografía y lo traduce en una mirada desafiante, pero no se da cuenta de que es el centro de atención del resto de los transeúntes. Cerca, en la confluencia de las calles Adrianou y Apollonos hay unos cuantos comercios dedicados en exclusiva a la parafernalia ortodoxa: iconos, medallas, cirios y cruces y casullas. Quizás iban en esa dirección.

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Mientras tanto una marabunta de peatones entra y sale de la estación de metro de Monastiraki, algunos paran en los tenderetes de coco y de cacahuetes, otros descansan sus pies a la sombra de la antigua mezquita, hoy Museo de las Artes Populares y Decorativas, antes de adentrarse en las calles peatonales que rodean la antigua Ágora Romana, aunque probablemente sea preferible ocupar alguna de las innumerables terrazas que se extienden a lo largo de la calle. Una de ellas es peculiar, situada frente al templo de Ares. Lo es porque curiosamente para la zona la clientela es local. El ouzo fluye hacia las mesas con la misma presteza que lo hacen las tapas de souvlaki. Otro buen lugar donde hacer un alto, a ser posible vespertino, son los cafés que están al final de la calle Tripodon, junto al monumento a Lysicrates. Desde aquí las vistas nocturnas de la Acrópolis son espectaculares.

Tomar un taxi en Atenas no es una aventura, simplemente es imposible. Alguna vez puede parar uno que circula ocupado pero si el trayecto no es coincidente es inútil. En las paradas los conductores ociosos se dedican a discutir precios astronómicos para recorridos ridículos. Es una forma de decir que no. La siguiente cuestión es preguntarles de que viven, pero tenía lo suficientemente cerca una parada de metro y pocas ganas de discutir.

“¡Ay Solón, Solón! Los griegos siempre sois niños, no hay un griego viejo.”   Esas mismas palabras volví a rememorar en el taxi que milagrosamente paró para volver al aeropuerto Eleftherios Venizelos desde la calle Acharnon, cerca de la plaza Victoria. El taxista no era precisamente joven, pero parecía incapaz de recordar tan insólito trayecto.



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