Viaje al supuesto “eje del mal”Lunes, 05 de Julio de 2010
Texto y fotos Silvana G.
Paseamos tranquilamente por sus laberínticas y tortuosas calles con casas de adobe. Son las once de la mañana y ya estamos a casi cuarenta grados. Nuestra vestimenta (una camisola de manga larga y la cabeza cubierta con un pañuelo) incrementa la sensación de falta de aire, de ahogo. En una esquina, se alza una pequeña mezquita. De su interior sale un agradable olor a comida. Tímidamente, asomamos nuestras cabezas por una de sus puertas laterales. Varias manos nos indican que entremos. Las mujeres, vestidas de riguroso chador, están pelando patatas. Al otro lado de la estancia, los hombres preparan un cocido en una enorme perola. Nos invitan a entrar en la sala principal de la mezquita, donde el frescor del ambiente contrasta con el sofocante exterior, y nos agasajan con un plato de cocido, nan (una especie de pan), pastelitos, dátiles, té….Nos sentimos abrumados ante tanta hospitalidad y, pese a las barreras con el idioma, todos hacemos un gran esfuerzo por comunicarnos, por saber un poco más los unos de los otros. Son unos minutos cargados de momentos entrañables y de una gran emotividad. Una hora y media después, estamos de nuevo en la calle. El calor aprieta todavía más y caminamos pesadamente. Estamos en el casco antiguo de Yazd, una ciudad situada en el centro de la República Islámica de Irán, en el supuesto “eje del mal”. ¿Pero, estamos realmente en el “eje del mal”?. Evidentemente no, nada más lejos de la realidad, pese a esa imágen tan negativa y nefasta que se tiene en Occidente del país que dirigen los ayatollahs desde hace treinta años. Los iraníes son, ante todo, un pueblo amable, hospitalario, comunicativo, culto, pacífico. Y la escena de Yadz no es un hecho aislado durante nuestro periplo por tierras iraníes. Como la mujer que celebra su cumpleaños con unas amigas en un restaurante de Teherán y nos da un trozo de su tarta de aniversario; o la familia de Isfahan que nos invita a compartir su cena o la mujer a la que le preguntamos dónde podemos comprar nan y nos regala la mitad de su pan o el dependiente de una pastelería de Teherán que no quiso cobrarme los pastelitos que le compré a mi padre. Cuando uno visita Irán, le sorprende de inmediato el interés que tiene la gente por saber qué opinamos de ellos y de su país. La mayoría no entiende el por qué de esa imagen, su aislamiento en la escena internacional o la precipitada huida del turismo occidental hacia otra parte. Las actitudes provocadoras y amenazantes del régimen de Teherán, sobre todo con el desarrollo de su plan nuclear y su postura respecto a Israel –no reconocen este Estado-, no contribuyen a mejorar su imagen. Ni ciertos intereses occidentales, deseosos de perpetuar esa visión del país. No hay que olvidar que Irán es el tercer productor mundial de petróleo y que posee la segunda mayor reserva de gas del planeta. Como tampoco ayudan las recomendaciones de muchos gobiernos, entre ellos, el español. La página del Ministerio de Asuntos Exteriores dice textualmente: “debido a la situación de creciente tensión desatada por los recientes acontecimientos políticos –se refiere a las protestas posteriores a las elecciones del 12 de junio de 2009 en las que murieron varias personas por la brutal represión policial- se recomienda vivamente evitar los desplazamientos tanto de turismo como de negocios” a la República Islámica de Irán. Uno se pregunta entonces por qué nuestro gobierno tardó casi un mes en hacer esta recomendación con Mauritania, cuando tres ciudadanos españoles estaban secuestrados en manos de Al Qaeda, mientras que en Irán nunca se ha atentado contra la vida de un español.
A pesar de las sanciones económicas orquestadas por Estados Unidos y la Unión Europea, que están estrangulando a la población, los iraníes no tienen una actitud de rechazo con los occidentales. Todo lo contrario. Quieren saber cómo somos, cómo vivimos y aprovechan su talante comunicativo para entablar conversación con los pocos occidentales que pisan el país. La dificultad que tienen para saber que pasa más allá de sus fronteras –una feroz censura de los medios de comunicación tanto nacionales como internacionales, el control de internet y la prohibición de la televisión vía satélite- hace que los viajeros occidentales se conviertan en uno de los pocos canales de conexión que tienen con el exterior.
Pero Irán es mucho más que un pueblo hospitalario y amable. Ha sido la cuna de uno de los más grandes imperios de la historia de la humanidad, el persa, y las ruinas de la ciudad de Persépolis son un testigo mudo de la grandeza de emperadores como Dario el Grande. Siglos después, la ciudad de Isfahan, la más impresionante de todo el país, tomará el relevo. Conocida como la “mitad del mundo”, Isfahan refleja el esplendor, la elegancia y el amor por el arte del imperio safávida que tiene en el monarca Sha Abbas el Grande a su máximo exponente. Y obra del Sha Abbas es la gran plaza del Imán Jomeini, una de las más bellas del mundo, con sus tres magníficos monumentos: las mezquitas del Imán y de Sheih Lotfolah y el palacio Aligapu. Si bien Persépolis e Isfahan representan el hito de todo viaje a Irán, el país rezuma arte por sus cuatro costados: desde la imponente mezquita de la ciudad de Yazd y su maravillo casco antiguo de adobe; a Kashan, con uno de los bazares más bonitos del país que nos hace revivir la época de los caravansares hasta Shiraz, cuna de uno de los poetas más importantes de la antigüedad –Hafez-, y que alberga algunos de los más bonitos conjuntos arquitectónicos del país como el mausoleo de Shah Cheragh o el Palacio de Narenjestan. Sin duda alguna, un viaje a Irán satisface las expectativas del viajero más exigente. Yo, que he recorrido buena parte de este planeta, si “recomiendo vivamente” visitar la República Islámica de Irán. Y, sobre todo, hacerlo sin miedo, sin temor y sin prejuicios. Ver comentarios de facebook sobre este articulo |
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