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Ocio Viajes DOS DÍAS (Y SUS NOCHES) EN SAN FRANCISCO

DOS DÍAS (Y SUS NOCHES) EN SAN FRANCISCO

 

Josep Lluís Nicolás    

    

 

Es parisina. Muy parisina. La plazuela lo es tanto que podría codearse sin sonrojo con la place du Marche de Sante Catherine en el corazón del Marais o incluso con la Contrescarpe del barrio latino de la capital francesa. Argumentos no le faltan. En uno de sus costados se alza el hotel de Francia y París, ese es su nombre, un tres estrellas muy digno, con un sabor un tanto añejo y unas transitorias reformas que limitan esporádicamente el uso del agua. Enfrente uno de los bares restaurantes ostenta el titulo de La Parisien, reafirmado en los vasos de la cerveza oficial del país, la de la Cruz del Campo, junto a un plato de gambas cocidas y la expectativa de una ración de cazón en adobo.

 

Desde la ventana del tercer piso del Hotel de Francia y París se pueden contar los naranjos, dieciocho, plantados en la plaza. Las farolas, seis, con dieciocho linternas, sin contar las fijadas en las paredes, cuatro más, veintidós. Entre todas ellas desfila un grupo de turistas, probablemente británicos o franceses, persiguiendo la trayectoria de un paraguas amarillo marcado con el número cinco en negro. Otro grupo, no se sabe con certeza de que, parte, en bicicleta, de la puerta que hay junto a la iglesia, ataviados todos con todos los pertrechos de seguridad que se pueden precisar ante un eventual encontronazo con el asfalto. Un señor delgado y con un abundante mostacho teñido de color nicotina, anda pidiendo limosna entre las mesas, apurando un cigarrillo, ya casi inexistente, entre sus dedos índice y corazón, mientras un cliente de la cafetería que se halla junto a La Parisien, la San Francisco Uno, se marcha a paso desganado, asido, sin desgana alguna, de la nalga izquierda de su acompañante femenina. La camarera, Isa, cojea manifiestamente mientras se duele de su pie derecho, al tiempo que uno de sus comensales sorbe una sopa de marisco con pasta que acompaña con una cerveza. Clientes con niños transportados en cochecitos, toman aposento en alguna de las mesas libres a primera hora de la tarde con la sincera esperanza de alcanzar a pedir, e incluso a degustar, un refresco, de naranja, de limón o de cebada, bien fresco, aunque estemos en el inicio del invierno. Isa lo anota en su agenda electrónica y regresa al interior del San Francisco Uno para materializar el pedido.

 

El campanario de la iglesia marca indolentemente las horas, los cuartos y las medias, además de desmandarse de cuando en cuando, sin motivo aparente, en una orgía interminable de tañidos. Es un campanario curioso en cuanto está separado de la iglesia por un edificio perpendicular a esta, provisto de dos ventanas, una puerta y una sábana con la inscripción Belén pintada sobre ella con letras azules. En cambio linda con la fachada del hotel. La iglesia fue en su tiempo, convento, fundado en 1566 y reformado en el XVIII por el arquitecto Francisco Badaraco.

 

La plaza está limitada a  levante por otra plaza, la del Santísimo Cristo de la Vera-Cruz, donde acaba el muro de la iglesia. También en esa dirección desciende la calle de San Francisco. Paralelas, en la otra vertiente de la plaza, las calles del Rosario y el callejón del Tinte, que atraviesa la calle Sagasta y termina en la hermosa plaza de Mina, allí donde está el Museo de la ciudad. En el nomenclátor de 1857 aun se la denominaba plaza de Oreto, quizás un error tipográfico por Loreto. También se la llamó de Velázquez, de Galán y García Hernández y de Calvo Sotelo.

 

Por la tarde la luz del sol asciende por la base de las farolas del centro de la plaza iluminando una buena parte de esta. Es en ese momento cuando los chavales que ya han salido de la escuela la ocupan con su algarabía y sus juegos por doquier. A medida que la luz solar se desplaza y transmuta en  sombras, se empiezan a iluminar las farolas. La efigie de San Francisco en la marquesina del antiguo convento, contemplaría, si la frondosidad de un naranjo no se lo impidiera, el nombre del pub irlandés que se encuentra en la fachada opuesta de la plaza: O’Connell’s. Probablemente, si lo supieran, en memoria del político de Kerry de finales del siglo XVIII y principios del XIX, quien abogó por la participación de los católicos irlandeses en el parlamento británico. A un  lado de la puerta un cartel anuncia la disponibilidad de bocadillos y de completos desayunos irlandeses, aunque no quieran reconocerlo considerablemente semejantes a los desayunos británicos, escoceses o galeses. Incluso a los del Ulster o los de Kerry. Del otro lado un viejo y conocido tucán sugiere que hay existencias del preciado néctar dublinés de cebada fermentada. Otro reclamo, en el cristal de una ventana, Wines and Spirits Merchant, promete con justicia un trago de Jameson, Tullamore o Paddy. A pesar de los anuncios en inglés la parroquia a la que asisten tres camareros con delantal de Guiness es mayoritariamente local. Salvo a mi izquierda, donde un tipo con acento británico mal disimulado pide un par de colas sin cola con un whisky barato. A mi derecha los ojazos negros de Bea solicitan con premura un café con leche pa llevá. Recoge apresuradamente sus bártulos, el café con leche pa llevá, sus ojazos negros y se va.

 

Fuera ya no quedan turistas ni niños ni ciclistas ni comensales. Nadie pide limosna e Isa, cojeando, ya ha recogido sus mesas. Un puñado o dos de jóvenes aprovechan el centro de la plaza de San Francisco para iniciar el primer botellón de un prometedor largo fin de semana en Cádiz.

 


 

 

 

 

 



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