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Ocio Gastronomía VINO BARATO ADEREZADO CON LAUREL

VINO BARATO ADEREZADO CON LAUREL

 

 

 

 

Estefania Pérez

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Los hosteleros del municipio Pontevedrés de Redondela llevan años luchando en contra de la proliferación de los conocidos como “loureiros”. Estos pequeños negocios familiares surgidos de la tradición se han convertido en grandes reclamos turísticos que arrebatan clientes a los bares y restaurantes de la zona.

 

Improvisados negocios hosteleros inundan las callejuelas de la villa de Redondela. Bodegas o plantas bajas de viviendas se convierten en lugares de reunión en donde cosecheros sirven su vinoa curiosos y vecinos. Muchos desconocen la existencia de estos lugares, pues es un fenómeno puramente pontevedrés. Se conocen con el nombre de “furanchos” o “loureiros”, pues antiguamente era sabido por todos que las ramas de laurel que colgaban de las puertas de las casas eran un indicativo de que podías entrar sin llamar. Actualmente se conserva esta tradición, pero es habitual que el laurel se acompañe de indicadores de madera hechos a mano en los que se puede leer la palabra “furancho”. Alrededor de 700 funcionan en la provincia de Pontevedra sirviendo vinos y comidas caseras.

 

Los furanchos, en sus orígenes, eran lugares habilitados en la bodega particular en los que el dueño de la misma vendía y embotellaba su vino o aguardiente. Los clientes tomaban gratuitamente unas “cuncas” para probar el producto que más tarde comprarían. Junto con estos vasos de vino se ofrecían, también sin coste alguno, tapas de productos caseros para acompañar. Sin embargo, esta bonita y barata tradición se ha convertido en el mayor rival para los hosteleros, que permanecen en constante lucha contra los furancheiros. Alarmante es el caso del municipio pontevedrés de Redondela en el que los hosteleros a punto están de incumplir el quinto mandamiento de la ley del vino: “no matar al vecino aunque te robe el vino”.

 

Crecimiento descontrolado

La Asociación de Empresarios de Redondela lleva a cabo, cada temporada, un conteo de los furanchos de la zona. La finalidad no es otra que determinar cuántos de estos establecimientos están dados de alta en el Ayuntamiento. La tónica general es que la mayoría funcionen de forma completamente ilegal. Además, la Asociación denuncia que los furanchos no sólo se dedican a vender excedentes de la cosecha sino que ejercen una competencia desleal con los bares y restaurantes de la zona al vender tapas y platos cocinados. El presidente de la Asociación de Empresarios de Redondela, José Antonio Gómez Pérez, afirma que “no podemos olvidar que ahora mismo los furanchos son auténticos restaurantes”.

 

El problema parece radicar en el éxito que han alcanzado estos establecimientos. Los bodegueros comenzaron vendiendo el excedente de su vino en pocos meses, pero al producirse un aumento de la demanda pasaron a permanecer abiertos la mayor parte del año, servir comidas, organizar banquetes y todo ello sin tener licencia de hostelería ni pagar impuestos por su actividad. Restaurantes ilegales o pervivencia de una tradición, los furanchos aumentan en número cada año que pasa.

 

Los hosteleros consideran que la  proliferación de estos establecimientos se ha producido por el aumento de demanda de estos locales en los últimos años y por la imagen que ofrecen de establecimientos de comida casera y barata. El presidente de la Asociación de Furancheiros de Redondela, Fermín Alonso,  sin embargo, opina que “antes los bares y restaurantes compraban el vino casero dejándonos con poco excedente. Esto se ha perdido. Ahora se compra más vino etiquetado, lo que da lugar a que el vino casero no se venda y ante ello crezca el número de furanchos”.

 

Leyes y Ordenanzas engloban la problemática existente en la “vila dos viaductos”. Los hosteleros de Redondela navegan entre dudas legales y competencias desleales. La regulación actual de los furanchos compete al Ayuntamiento de Redondela y en concreto está en manos de Laura Lago Aller, concejala Delegada de Juventud y presidenta de la Comisión del Interior que confirma que “ahora mismo es el Ayuntamiento el que lleva el tema, pero se le escapan muchas cosas porque no tiene competencias para llegar a cabo una regulación”.

 

Inspecciones no, gracias

En marzo de 2006 se firmó un pacto entre la concejalía de Interior del Ayuntamiento, la Federación de Empresarios de Hostelería de la provincia de Pontevedra y la Asociación de Furancheiros de Redondela que dio lugar a la creación de una Ordenanza municipal en la que se reflejaron las normas a cumplir por los furanchos. En la susodicha Ordenanza, vigente desde el 15 de marzo del mismo año, se estipula que el período de venta será de seis meses, desde el 15 de marzo hasta el 15 de agosto. Sin embargo, el período de apertura de cada furancho, en función de la cantidad de vino declarada, será de un máximo de dos meses. Estos locales, además, pueden ofrecer a los clientes productos alimenticios de fácil elaboración propia. En ningún caso se les permite la venta de otros alimentos, bebidas alcohólicas e infusiones. Pero, ¿cuáles son las comidas de fácil elaboración y cuáles no? ¿Quién se encarga de controlar que se cumplan estas normas? ¿Qué seguro cubre a los clientes en caso de intoxicación o lesión en el establecimiento? Son muchas las preguntas que quedan sin responder con esta normativa.

 

Las sanciones por incumplimiento de las normas crean otro punto de conflicto entre hosteleros y furancheiros. Para los “loureiros” la violación de las condiciones tan sólo da lugar al revocamiento inmediato de la licencia concedida. En este aspecto el Ayuntamiento no cuenta con un órgano para inspeccionar estos locales por lo que su cierre debe ir precedido de una denuncia civil para poder demostrar que se están cometiendo irregularidades.  Por otro lado, los establecimientos de hostelería son inspeccionados constantemente para salvaguardar la salud pública y ante cualquier incumplimiento deben abonar una sanción económica además de arriesgarse al cierre del establecimiento. Parece ser que la salud de los clientes de estos negocios caseros no es tan importante como la de aquellos que prefieren acudir a los bares y restaurantes.

 

La Organización de Autónomos y Profesionales de la provincia de Pontevedra también se ha pronunciado al respecto en un comunicado en el que denuncia que “las autoridades locales no hacen nada para impedir esta actividad. Mientras por otro lado están los locales sí autorizados como bares, cafeterías y restaurantes que pagan lo que les exige la ley y son constantemente inspeccionados”.

 

Reclamo turístico

Pese a la problemática que los envuelve, la magia de los furanchos encandila a numerosos curiosos que se acercan a Redondela desde otras partes de la geografía española para disfrutar de una “cunca de viño da casa”. Incluso el presidente de la Asociación de Hosteleros confiesa que “hay furachos que tienen su encanto”.

 

Muchos de los que acuden a este tipo de locales lo hacen incitados por la comparación calidad-precio. El boca a boca ha hecho famosos estos establecimientos por sus bajos precios y esa comida de casa que tanto añoramos cuando nos desprendemos del seno familiar y nos introducimos en el duro mundo de la autonomía. Pero esta perspectiva de ellos no es compartida por los indignados hosteleros. El encargado de la Comisión de Trabajo para el seguimiento de estos locales en Redondela, Miguel Ángel Fernández Torres, dice que “no es una batalla de realidades, sino de percepciones. Los furanchos no son más baratos que un bar, pues en un bar o restaurante no sólo pagas el producto sino la limpieza, la comodidad…En realidad los furanchos son caros en función de lo que ofrecen”. Pero pese a las ínfimas condiciones higiénicas y el hecho de tener que comer y beber sentados en mesas de piedra con bancos hechos de troncos de madera no afecta a la clientela. Los furanchos están de bote en bote cada vez que los cosecheros abren las puertas de sus casas. Las familias y los grupos de amigos abarrotan las improvisadas mesas al aire libre en las parcelas de los “loureiros” aparcando sus coches por las cunetas más cercanas para poder degustar una buena ración de tortilla hecha con huevos de corral y una taza de vino por alrededor de tres euros. No importa el bullicio de la gente alrededor, ni el hecho de ser servidos por el pequeño o el mayor de la familia. Todo es válido en este negocio familiar. Los empleados no son ni más ni menos que la abuela, el hijo, el padre, la cuñada… En los furanchos echa una mano toda la familia y los clientes pasan a formar parte de la misma. La hospitalidad y la cercanía de estos trabajadores ilegales se convierten en un reclamo turístico más.

 

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