MADRIDJueves, 21 de Octubre de 2010 PRÓLOGO 2ª Edición
Hay hombres que luchan un día, y está bien. Hay hombres que luchan un año, y está mejor. Hay hombres que luchan unos años, esos son necesarios. Hay hombres que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles. Bertold Brecht
Antes que presentar el texto que sigue a continuación me parece obligado presentar a su autor. César Falcón Garfias, nacido en Lima (Perú) en abril de 1892, fallecido en 1970 en Lima, fue periodista, escritor, novelista, ensayista, dramaturgo, director y productor teatral, creador y director de periódicos, revistas y radios, miembro del Comité Central del Partido Comunista de España y apasionado activista y defensor del pueblo español durante los convulsos años de la República y la Guerra Civil.
La rendida admiración que sintió por tan bravo y libre pueblo fue quizá lo que indujo a Falcón a residir aquí y a luchar en este país, valiente y esforzadamente, durante veinte años, desde que arribó en 1919 expulsado por subversivo de su país natal, Perú. Con él, desterrado también, iba su gran amigo y compañero de luchas y de ideas José Carlos Mariátegui, el dirigente marxista peruano cuya vida y obras son famosas en toda Latinoamérica. Ambos arribaron primero a Italia, sin embargo pronto Mariátegui decidió regresar a Lima donde vivió hasta su prematura muerte y allí trabajó y se labró la fama que le acompaña todavía un siglo más tarde. Mi padre en cambio decidió instalarse en España, y aquí fue periodista, corresponsal en Europa, dramaturgo, director y productor de teatro, creador de revistas y editoriales, novelista, militante comunista, director de Mundo Obrero, corresponsal de guerra, creador de Altavoz del Frente, programa de radio y red de periódicos en las trincheras y únicamente, en el último momento, con las tropas fascistas entrando en Madrid se decidió a exilarse con los otros dirigentes del Partido Comunista de cuyo Comité Central formaba parte. De aquí a Francia, Moscú, Estados Unidos, Méjico, hasta la muerte en Lima, César Falcón fue siempre un exilado, un expatriado, un luchador internacionalista, un defensor de todas las causas de los oprimidos y los perseguidos, y así se manifiesta en las páginas de esta obra que es también un canto a la solidaridad internacional.
Con diecisiete años, todavía en Lima, antes de su periplo español, César colabora en la revista La Prensa; junto a Mariátegui escribe en El Tiempo, en Nuestra Época, en La Razón. En 1914 estrena una zarzuela Por Culpa Ajena, un sainete Los Mozos Cundas y la obra de teatro La Casa de Agreda. Al llegar a España se aloja en la casa de Pío Baroja en el País Vasco donde reside un tiempo. Crea la revista Amanauta en 1922, ya en España, en la que colaboran Miguel de Unamuno, Juan Ramón del Valle Inclán, José Vasconcelos, Antonio Caso, Giovanni Papini, Alexander Archipenjko, Herwarth, Walden, Ramón Gómez de la Serna. Trabaja en El Liberal, es corresponsal de El Sol en Londres y en París, cuando a él y a su mujer Irene Levy los persiguen en España y tienen que exiliarse. Con la proclamación de la República se instala definitivamente en Madrid y crea la editorial Historia Nueva y la colección Ediciones Avance. Sus primeras novelas publicadas en España, Plantel de Inválidos,1922 y El Pueblo Sin Dios, 1928, son precursoras de la novela indigenista con la denuncia de las condiciones en que la sociedad peruana mantenía esclavizados a los indígenas. Además de multitud de crónicas y de artículos políticos, escribe una novela clave para conocer a la España de la preguerra: Por la Senda sin Horizonte, que se muestra profética de los acontecimientos que se sucederían más tarde y que construye un daguerrotipo de la sociedad española gracias al conocimiento que poseía de los principales personajes de la política y la intelectualidad del momento, con la profundidad y la fuerza de que carecen las obras que sobre el tema se han producido, antes y después de la dictadura. En España crea la compañía de Teatro Proletario, que con el esfuerzo más que humano de sus componentes, actores, actrices, electricistas, tramoyistas, sastras, recorre toda España representando las obras revolucionarias de la época, entre las que se cuenta “Al Rojo” de mi tía Carlota O’Neill y donde mi madre, Enriqueta O’Neill, será la actriz joven. Durante varios años, arrostrando la pobreza que siempre les persigue, sin medios de transporte ni de montaje de las obras, recorren toda España llevando la denuncia de una sociedad clasista y corrupta y el mensaje de la revolución socialista que se auguraba. Introducen las obras de la vanguardia revolucionaria de varios países: Albergue Nocturno de Dostoievsky, La Fuga de Kerensky de Hans Huss, Asia de Vaillant Coutourier, Un Invento de Tom Thomas, La Conquista de la Prensa de Irene Levy, Hinkeman de Ernst Toller, La Chinche de Maiakoswki, Asturias del propio César, que son acogidas por las organizaciones obreras de todas las provincias españolas con el entusiasmo con que, en aquel periodo épico de nuestra historia, se vivían las luchas que se habían desencadenado desde años atrás para conseguir erradicar definitivamente la corrupta monarquía que se perpetuaba a pesar de sus crímenes y lograr con el advenimiento de la II República la implantación del socialismo. Esta ingente y heroica tarea de Falcón ha sido olvidada, ninguneada por los políticos y hasta por los literatos e historiadores. Magnificado el teatro de García Lorca y su compañía la Barraca, cuya adscripción de clase pequeño burguesa les permite a los críticos e ideólogos de nuestro tiempo eludir toda mención a la lucha de clases, han hundido en el olvido al Teatro Proletario de César Falcón. Como también su persona y su obra.
Obra ingente, propia del constante organizador y creador de iniciativas que fue, según explica su biógrafo Gonzalo Santonja. En los últimos ocho años de su estancia en España, entre 1931 y 1939, fundó la Editorial del Nuevo Romanticismo con Rubén Darío, la revista Nosotros donde colaboró Ramón J. Sender, las Ediciones Libertad en las que colaboraron Margarita Nelken, Juan Gioxé, Angel Pestaña, la colección Novela Proletaria, el periódico La Verdad en Sevilla con Eduardo Cimorra, y en 1936 Altavoz del Frente, colección de periódicos que se repartía en todos los frentes a los soldados y el programa de radio que informaba de las noticias de guerra. Miguel Hernández, amigo y protegido de mi padre, fue el director de la edición del Sur. Al mismo tiempo creó el Teatro Guerra, en donde hoy está el Teatro Lara, donde se estrenó El Bazar de la Providencia de Rafael Alberti, y Frente Rojo. En París, a donde va en 1938 para asistir a la reunión de la Sociedad de Naciones en representación del gobierno republicano, crea y dirige el periódico Voz de Madrid. Su enorme capacidad de trabajo, sus iniciativas constantes, su firmeza ideológica en la defensa del socialismo, las traslada al exilio. En Estados Unidos, en Méjico más tarde, crea revistas, colabora en periódicos, publica las últimas novelas, El Mundo que Agoniza, 1945, El Buen Vecino Sanabria U, 1947, Los Bajos Fondos, Agente Confidencial. El Buen Vecino Sanabria U, es la novela de Perú, descripción exacta de la crueldad y la ignorancia de una sociedad criolla que seguía manteniendo el atraso de la época colonial y donde la corrupción se imponía a cualquier posibilidad de adelanto y progreso. Los ensayos: Crítica de la Revolución Española, 1931, De la Dictadura a las Constituyentes, Imperialismo y Antiimperialismo 1932, Algunas condiciones necesarias de la Reconquista Nacional, 1955, son las páginas más agudas y lúcidas del análisis de las condiciones en que se desarrollaba la batalla por el socialismo en España y en otros países. Análisis que tantas veces los propios dirigentes revolucionarios no deseaban realizar y que le comportaron numerosos enemigos.
En el olvido en que se ha mantenido la figura y la obra de César Falcón no se puede olvidar la responsabilidad culpable del propio Partido Comunista que nunca le reconoció el mérito que tenía. Recuerdo la irritación con que leí las páginas de Dolores Ibárruri en sus espúreas memorias El Único Camino, endulcorada y falsificada crónica de la República y la Guerra Civil, cuando la única mención que hace de mi padre es decir que se lo encontró en París una vez en la calle, después de la guerra, con su gran melena al viento. Al parecer para Dolores lo único remarcable de César Falcón era su melena. Ingratitud manifiesta ante las interminables alabanzas que él le dedica en Madrid. Ese Partido al que mi padre entregó todo su trabajo y su posibilidad de desarrollo y de libertad –que perdió varias veces- durante más de diez años y que ni siquiera le ha mencionado después de la dictadura.
La ingratitud parece una conducta repetida de los dirigentes comunistas. Recuerdo ahora la triste historia de otra tía mía, Juanita Corzo, que fue la secretaria de Dolores Ibárruri durante toda la República y la guerra. Juanita era descendiente de la otra rama de la familia O’Neill, por aquel abuelo Enrique O’Neill que había contraído un matrimonio anterior al que tuvo después con mi abuela Regina de Lamo. Juanita vivía muy modestamente en el barrio de Cuatro Caminos, hija de un carpintero, se afilió pronto al Partido Comunista y su fidelidad, su trabajo esforzado, su innata inteligencia, la hicieron merecedora de los cargos de confianza más altos, hasta llegar a ser la ayudante imprescindible de Dolores. Con ella, a su lado, realizando las tareas imprescindibles para desarrollar su labor, de los despachos de la república a las trincheras de la guerra, Juanita pasó seis años, hasta el último momento en que con el Madrid vendido a los fascistas la cúpula del partido huyó en el último avión. Pero se dejaron a Juanita en los sótanos del metro organizando la resistencia. Pronto cayó presa y condenada a muerte, el indulto la hundió durante veinte años en varios penales españoles, hasta que más envejecida y enferma que vieja se encontró en la calle sin amigos, sin camaradas, sin familia, sin dinero. Sobrevivió porque quedaron algunos con buena memoria, como mi madre, pero jamás ha sido mencionada en los anales del partido. Dolores en aquella hagiografía de sí misma que es El Único Camino, se limita a dedicarle una línea de conmiseración.
Releer el libro de mi padre despierta en mi emociones y pensamientos que no son nuevos, siempre estuvieron ahí, pero que la áspera lucha por la supervivencia en esta España franquista y postfranquista; no se sin tan post, me obligó a archivarlos hasta momentos más propicios para ser resucitados. Y este es uno de los más relevantes. La crónica Madrid, escrita por Falcón en quince días de mayo de 1938, es la de los heroicos defensores de Madrid, la de los milicianos que combatían en el Jarama, la de los soldados que lograban la victoria de Guadalajara, la del pueblo republicano que hambriento y bombardeado estaba dispuesto a dar la vida para que su patria no la perdiera, cuando dos años de guerra no habían todavía obligado a perder la confianza en la victoria. Todavía quedaba por librar la Batalla del Ebro que desde el punto de vista militar constituye una de las estrategias más certeras del arte de la guerra.
Si los envíos de armas, pagados con oro por el gobierno de la República, que los vendedores ya no le fiaban ni querían los billetes de banco, no hubiesen sido prohibidos y boicoteados por los gobiernos francés y británico. Si la intervención alemana e italiana hubiese sido impedida por aquel falaz Tribunal de No Intervención. Si se hubiera evitado el envío de armas desde los países fascistas y los bombardeos de los aviones alemanes sobre las ciudades españolas. Si, finalmente, la traición de la Junta de Casado no hubiese entregado Madrid a las huestes fascistas –y sólo la traición consiguió abrir las inexpugnables puertas de la ciudad que los madrileños defendieron tres años contra todo pronóstico y contra toda posibilidad humana, sin pensar en ningún momento en la rendición- ni la República ni el pueblo español hubiesen caído bajo el horror fascista, y con él todos los pueblos de Europa.
Imagino la crítica de algunos escritores y expertos en literatura, cuando califiquen el libro de panfleto triunfalista al servicio de las tesis del Partido Comunista -esta fue la respuesta que me dio Gabriel Jackson para negarse cuando le pedí que escribiera un texto de introducción. Pero como mi padre maldecía, con Gabriel Celaya, la poesía que no toma partido, partido hasta mancharse, el relato es, a la vez que un relato novelado con singular habilidad que mantiene la tensión en todo momento, proclama, mitin, panfleto, para defender las consignas del Frente Popular que, con el férreo apoyo del Partido Comunista, mantuvo inquebrantable la voluntad de no rendirse ante aquella desigual guerra contra los enormes y bien equipados ejércitos alemán e italiano. Pero no por ser, sin duda, un folleto de propaganda política –son innumerables los diálogos pedagógicos que sostienen los milicianos y soldados con los comisarios políticos-, un documento de difusión de las consignas del partido y de agitación de las masas, en cumplimiento no solo del programa comunista sino sobre todo del del gobierno frentista, único que podía en aquel momento mantener la moral de guerra, enardecer el valor de los combatientes y sostener la resistencia del pueblo, pierde la capacidad de crítica y el análisis lúcido acerca del comportamiento de los líderes políticos, del Ejército republicano y sobre todo del pueblo de Madrid.
A su lectura se provocan diversos comentarios. El más sobresaliente, tanto por la insistencia con que lo repite en sus páginas como por el culto y rico lenguaje con que exalta sus épicas virtudes, es la rendida admiración que siente César Falcón por el pueblo español que sostuvo, y resistió con heroísmo no superado, aquella infame guerra a que lo sometieron los Ejércitos fascistas, español, alemán e italiano, tolerada por todas las potencias “democráticas”.
Y no solo en los momentos que describe, indiscutiblemente los más trágicos y heroicos de la historia reciente, sino cuando en breves pinceladas es capaz de recordar la larga trayectoria guerrera de los españoles, siempre dispuestos a dar la vida por mantener la independencia y su orgullo libertario. Recorre, en pocas páginas salteadas en la narración, las gestas de Numancia y Sagunto, la Reconquista, la guerra de Independencia, las guerras carlistas, rindiendo tributo a los protagonistas más significados de ellas. Ratifica con su conocimiento de la historia española y de sus héroes y tribunos la rotundidad de la afirmación de Bernardo López García de que España, libre de extraño yugo/ no ha tenido más verdugo/ que el peso de su corona.
En la obra no sólo se relatan las batallas que libran los madrileños y los milicianos en las barricadas de Madrid. Falcón analiza el papel de cada uno de los políticos del momento y su conducta, siguiendo detalladamente sus pasos, sus decisiones, sus errores. Es de destacar la ironía y el disgusto con que describe las actuaciones de Largo Caballero. Allí están todos, desde el Presidente de la República, Manuel Azaña y el ministro de la Guerra Casares Quiroga a los ministros anarquistas, Federica Montseny y Carder, que aceptan participar en el gobierno contradiciendo sus más defendidos principios. No olvida tampoco el papel fundamental que jugaron los militares republicanos que permanecieron fieles al gobierno legítimo: Miaja, Rojo, Ascaso, y los jefes de las milicias, el valiente Durruti muerto en la Casa de Campo cuando acude con su regimiento a ayudar a la defensa de Madrid. Catalunya sigue fiel a la República y ninguna querella anterior impide que luche con los madrileños contra el fascismo. César dedica también unos párrafos al capitán Virgilio Leret, su cuñado, el marido de Carlota O’Neill, la hermana de Enriqueta, su mujer, que al frente de la base de hidros del Atalayón de Melilla defendió la plaza en el primer momento del alzamiento militar el 17 de julio. Lo describe como un militar republicano, fiel a su juramento, valiente y entregado a la causa. Relata varias conversaciones entre los madrileños de a pie que aseguran que es de toda confianza y que con él de jefe la base no se habrá perdido. Duele el alma leer estos párrafos, porque cuando César los escribe Virgilio ya está muerto –y su mujer en la prisión de Melilla- asesinado por las tropas de regulares que entraron en la base después de unas horas de heroica resistencia por parte de los militares españoles cuando ya sin municiones no pudieron seguir luchando. Aquella base fue la primera que se perdió y mi tío, más tarde el comandante Virgilio Leret el primer fusilado de la Guerra Civil. Y aquella batalla constituye todo un símbolo de cómo se desarrolló nuestra guerra: la mitad de la guarnición estaba de vacaciones, apenas tenían municiones y los motores de los hidros se habían desmontado para limpiarlos, de modo que eran inútiles. Así previeron los gobernantes republicanos el golpe militar que se les venía encima. Y así las tropas franquistas atravesaron el Estrecho de Gibraltar y tomaron Andalucía, Extremadura y Castilla la Mancha en unos meses, dejando tras sí el más horrible rastro de matanzas y saqueos a que se entregaron las tropas marroquíes, el Ejército franquista y la Legión. Lo que no pudieron atravesar fue la defensa de Madrid ni tomar la ciudad.
Otra característica que hay que remarcar de la obra es el constante reconocimiento de Falcón del papel de las mujeres en la resistencia de Madrid. En un tiempo y en una época en que las mujeres comienzan a romper las cadenas que las habían tenido esclavas de una sociedad patriarcal, su participación fue fundamental para mantener la lucha, con armas rudimentarias, con piedras, con agua hirviendo, con las uñas, con las que removían la tierra y acarreaban adoquines para las barricadas, impulsadas por la más profunda pasión que sentían en aquella desigual guerra contra el fascismo, que insuflaron en los defensores de la ciudad para que no les menguara el ánimo en ningún momento. Con los rasgos de humor más ingenioso, cuando Queipo de Llano aseguró por la radio que en una semana estaría tomando café en la Puerta del Sol, dos muchachas vendedoras de unos almacenes pusieron una mesa y una silla en la calle, con una taza de café y un letrero, “Estás invitado”. Sin las mujeres no se hubiera defendido Madrid de la forma en que lo hizo, y de justicia era reconocerlo, pero otra cosa es que los escritores y dirigentes políticos de la época lo hicieran con la rotundidad y admiración con que no se avergüenza de reiterarlo César. Él que tan poca fidelidad guardó a sus mujeres, que olvidó a sus hijos tan pronto los engendró, para quien la familia no era más que un residuo del pasado, es sin embargo constante en la defensa de uno de los más queridos principios comunistas: la igualdad del hombre y la mujer en la sociedad futura. Y no deja en su trabajo de recordarlo, como cuando siendo corresponsal en Londres de Blanco y Negro acude al domicilio de Bertrand Russell para hacerle una entrevista…a su mujer, Dora. En Avance, la editorial que crea en Madrid con Cimorra, publicaron Hipatía de Dora Russell, que también colaboraba en El Sol. Este libro daba inicio a una colección feminista creada en respuesta a la publicación en La Revista de Occidente, que gestionaban los Ortega y Gasset, de la novela reaccionaria y antifeminista Lysístrata de A.M. Ludovico. Su ideario, firmemente anclado en su voluntad, no se desvía un ápice cuando de reconocer el valor y la entrega de las mujeres del pueblo español se trata. A ellas también va dedicado el libro y su gesta está presente en toda la obra. Sorprende, sin embargo que no mencione a las milicianas que en los primeros meses de la guerra se alistaron en las tropas combatientes y acudieron a varios frentes con el fusil al hombro. Cierto es que enseguida la campaña gubernamental, apoyada por el Partido Comunista, las empuja a abandonar las armas y acudir a las fábricas y a los campos que habían dejado por los hombres. Yo había sido muy crítica con esta discriminación que seguía la línea tradicional de todos los gobiernos en guerra, pero también es cierto que las cosechas abandonadas y las fábricas inactivas hacían imposible tanto la supervivencia de todos como la producción de armamento, imprescindible en aquel momento. Había que rendirse a la evidencia ante el terrible peligro que se cernía sobre la República. Y a los niños, arrapiezos hambrientos, vestidos de harapos, descalzos y sucios que corren por las calles de Madrid, que juegan gritones y a la vez ayudan a transportar sacos terreros, adoquines, maderas, latas, cualquier objeto apto para las barricadas; que llevan la comida a su padre en los interminables meses en que vive y muere detrás del parapeto en el que apoya su fusil en la Casa de Campo. Niños inocentes, ingenuos y alegres, y maduros, serios, que miran con fiereza el rostro terrible de la guerra, mientras caen las bombas sobre su casa, sobre el metro, sobre el sótano, precario refugio, sobre su madre que todavía mantiene la mano cerrada en la del hijo después de que la explosión le cercenara las dos piernas. Niños vivos, alegres, y niños aterrados, de rostro cetrino, expresión dramática, mirada iracunda, ceño fruncido. Niños maduros y responsables en la edad de la irresponsabilidad. A todos ellos César los ama, los admira, los compadece, querría evitarles los males de tanta tragedia. Su libro es una llamada desgarradora al mundo denunciando los horrores que los fascistas están cometiendo en Madrid contra los niños, pidiendo protección para una infancia masacrada por las bombas y la artillería alemanas y que habría de ser el futuro del país. Falcón que dejó abandonados cuatro hijos –que yo sepa- en diversos países, con sus madres, y que de algunos ni siquiera volvió a acordarse como yo misma y la pobre Alondra nacida en Lima antes de irse, escribe páginas estremecedoras, patéticas, llenas de poesía, de emoción, de sincera emoción, sobre los niños de Madrid. Como le dijo un día a mi madre, él no podía preocuparse de sus hijos porque se preocupaba por todos los niños del mundo.
Le admiran siempre a Falcón la firmeza, la seguridad, la constancia, el heroísmo del pueblo español que fue el primero –y desgraciadamente el único en aquella época- que se enfrentó valientemente y sin vacilaciones a la marea fascista que inundaba Europa. La primera victoria, explica, fue ganar las elecciones de 1936, la segunda, mantener la defensa de Madrid y un frente de guerra durante tres años sin que el enemigo avanzara un metro, sin oficiales, sin preparación, sin municiones, sin aviación, contra el ejército profesional fascista servido de armas por los más poderosos del momento, el alemán y el italiano, que utilizaba los bombardeos sobre la población civil como método para amedrentar por primera vez en la historia. Este homenaje de reconocimiento, de admiración, a los hombres, mujeres y niños que lucharon denodadamente, sin dudas, sin un momento de rendición, en la guerra de clases más desigual e injusta del siglo XX, es uno de los objetivos del libro. El otro, esclarecer las causas de esa guerra y situar, sin dudas, al enemigo.
En los foros europeos, donde nos traicionarían cínicamente, se debatía no intervenir en la guerra de España, es decir abandonarnos a la matanza fascista y nazi para contentar a Hitler y a sus aliados ante los que no deseaban enfrentarse. El argumento ya conocido de que era un combate interno español y la ficción de que ambas partes eran iguales (esa ficción que sirve para entregar indefenso al débil a los pies de su verdugo) configuraban el discurso de no intervención y la traición de los supuestos aliados socialistas franceses y de los conservadores británicos. Bien lo pagaron más tarde los franceses y los británicos –pero entonces, como dice León Felipe, en Inglaterra hasta las ratas eran héroes, mientras que en España hasta los héroes eran ratas. Y los holandeses, y los belgas, y los noruegos, lamentablemente también los soviéticos que fueron nuestros únicos aliados –con el lejano e impotente Méjico-.
César Falcón escribe para destruir ese discurso, para explicarle al mundo que nos condena las verdaderas razones de la guerra, de sus protagonistas, de los enemigos del pueblo español, y lo más importante -que para toda la eternidad hundirá a los pactistas y a los cobardes europeos al infierno de los traidores- que el futuro del mundo se está dirimiendo en España.
En un programa de la cadena de radio SER, la periodista Angels Barceló entrevistó a Gabriel Jackson con motivo de uno de los aniversarios de la participación de las Brigadas Internacionales en la Guerra Civil. Y, con el tonillo de conmiseración con que los liberales de hoy comentan los sucesos de entonces, comprendiendo y perdonando los excesos que cometieron aquellas generaciones, le preguntó si los hombres y mujeres de las Brigadas Internacionales que vinieron a luchar aquí eran los últimos románticos. Gabriel, en tono severo, le replicó: “¡Oh, no! Ellos fueron los más lúcidos y los únicos realistas, ellos sabían que la tragedia de Europa se dirimía en España, que si se perdía la Guerra civil española se desencadenaría otra aún más extensa y terrible, que el peligro fascista se tenía que parar en España, y si los gobiernos europeos hubiesen tenido la misma clarividencia que ellos y hubiesen apoyado la lucha de la República española, la II Guerra Mundial, con todos los horrores que provocó, no se hubiera producido.” Y la señora Barceló no supo que comentar.
No hace falta explicar más el libro que espera a los lectores, pero, en cambio, ¡oh, sí! es imprescindible explicar –por inexplicable- que setenta y cinco años más tarde del comienzo de aquel sangriento y exterminador conflicto, superadas las etapas de la guerra, de la genocida postguerra, de la interminable tiranía de la dictadura, de la traicionera transición supuestamente modélica y de haber superado la cota de los treinta años de la democracia, nuestros héroes y heroínas muertos en los campos de batalla, en la retaguardia de las ciudades, en los caminos de la huida, en las guerrillas de las montañas, en la resistencia antinazi, en los presidios de la patria, en el tajo y en la fábrica, esclavizados por la miseria y la represión, en los fusilamientos que se prolongaron décadas, en los asesinatos en los campos y en las plazas, consumidos por las enfermedades y el hambre en los presidios, perdida parte de la vida en las interminables condenas carcelarias, sacrificados en la lucha antifranquista durante cuatro décadas, no hayan obtenido ni un acto de justicia, de resarcimiento, de reconocimiento de su sacrificio, de indemnización a sus herederos, por los terribles males que sufrieron. Hay que explicárselo a César Falcón que no podría entenderlo.
¿Qué será –se pregunta Falcón en el libro- de España, de sus intelectuales, de sus obreros y campesinos, de sus mujeres, de sus niños, si vuelven a triunfar las fuerzas de la reacción? Los curas, los terratenientes, los capitales, el ejército africanista, todas las clases de la oligarquía se harán nuevamente con el poder y explotarán y oprimirán aún más al pueblo que acaba de sacudirse las cadenas que le tenían preso durante siglos. Y así fue, durante cuarenta interminables años, después de la exterminadora guerra, los españoles sufrimos la tiranía de una dictadura como no se había vivido nunca antes en el mundo.
No sólo los consejos de guerra sumarísimos, farsa inicua que organizó el ejército vencedor sin tregua, condenaron y ejecutaron a doscientas cincuenta mil personas en esos años, especialmente los primeros de la postguerra; no sólo se instalaron treinta y dos campos de concentración en toda España, en los que, además de en todos los penales y cárceles, se amontonaron más de doscientos mil presos y presas, no sólo la represión siguió funcionando hasta los últimos días del dictador –y varios años más- (1), los últimos fusilados lo fueron el 27 de septiembre de 1975, con la imprescindible complicidad de la judicatura que se plegó servil y miserablemente a las exigencias del gobierno y cuya responsabilidad no ha sido nunca exigida, sino que se ha presentado recientemente ante el juez Baltasar Garzón, que lo era de la Audiencia Nacional, la documentación de ciento cincuenta mil desaparecidos y asesinados en todas las provincias españolas, cuyos restos todavía hay que encontrar en las cunetas de los caminos y las carreteras, al pie de las tapias de los cementerios, en las fincas privadas de sus asesinos.
Emilio Silva, el presidente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, afirmaba hace unos días que esos son sólo los primeros documentos y testimonios encontrados, que cuando se finalice la investigación serán más de trescientos mil los restos que permanecen desaparecidos. La mayor masacre cometida en Europa antes de la II Guerra Mundial. El Comité de la ONU para los refugiados ha reconocido que España es el segundo país del mundo, después de Camboya, con el mayor número de personas desaparecidas bajo una dictadura. Un documental escalofriante que solo hace unos años se realizó e hizo público en televisión en Catalunya, dio cuenta del robo de niños de presas republicanas, cuyo número se calcula en unos treinta mil, para entregarlos a la adopción a familias franquistas o a los hospicios, con el fin de reeducarlos y arrancarles la mala simiente de sus padres republicanos. Esos secuestros no fueron secretos como en Argentina, sino públicamente organizados y defendidos doctrinalmente con el propósito de crear nuevas generaciones de ideología falangista.
No nos han pedido perdón ni restablecido la justicia, por el contrario en estos últimos años hemos vivido la humillación de que un gobierno supuestamente socialista aprobara una llamada Ley de Memoria Histórica que hurta, hábilmente, ese reconocimiento y esa rehabilitación a las que seguirán siendo víctimas del fascismo por toda la eternidad. Ni esa ley aprobada hace cuatro años, ni los jueces que tienen que tramitar los procesos que se han incoado por los familiares de las víctimas, ni el gobierno socialista, contemplan declarar la nulidad de los consejos de guerra y de los procesos del Tribunal de Orden Público que concluyeron en sentencias inicuas, ni aún mucho menos otorgar indemnizaciones a las víctimas supervivientes o a sus herederos. De los sesenta y siete juzgados en toda España a los que Garzón envió las actuaciones del sumario que había iniciado, únicamente uno ha ordenado la exhumación de los cadáveres. Los demás o han archivado el expediente o ni siquiera lo han abierto. Y mientras tanto, los fascistas de siempre siguen gritando contra esa tímida e ineficaz ley e insultando a los republicanos, porque para eso poseen cadenas de televisión, emisoras de radio y un sin fin de periódicos, que tienen vía libre para difundir las más aberrantes falsedades sobre la Guerra Civil y la dictadura. Simon Wiesenthal en las últimas páginas de Los asesinos están entre nosotros (2) recuerda que los soldados de las SS se divertían en advertir cínicamente a los prisioneros: “De cualquier manera que termine esta guerra, la guerra contra vosotros la hemos ganado; ninguno de vosotros quedará para contarlo, pero incluso si alguno lograra escapar el mundo no lo creería. Tal vez haya sospechas, discusiones, investigaciones de los historiadores, pero no podrá haber ninguna certidumbre, porque con vosotros serán destruidas las pruebas. Aunque alguna prueba llegase a subsistir, y aunque alguno de vosotros llegara a sobrevivir, la gente dirá que los hechos que contáis son demasiado monstruosos para ser creídos: dirá que son exageraciones de la propaganda aliada, y nos creerá a nosotros, que lo negaremos todo, no a vosotros. La historia del Lager, seremos nosotros quien la escriba.”
¿Y cómo nuestra historia no iba a ser escrita por los franquistas si además habían ganado la guerra? Así, los asesinatos de decenas, de centenares, de personas en todos los pueblos de España, abandonados los cadáveres o mal enterrados en las cunetas de los caminos o en las fosas comunes, las torturas cotidianas de los resistentes políticos en los locales de Falange, en las comisarías de policía, el robo de los niños de las republicanas encarceladas o simplemente pobres, los inicuos consejos de guerra con pruebas amañadas o inexistentes, las condenas interminables de prisión, las condiciones de exterminio de las abarrotadas cárceles, la pobreza que afligió con caracteres medievales a los trabajadores, las leyes que marginaron e invisibilizaron a las mujeres condenándolas a la servidumbre de los hombres, a una reproducción animal, a la muerte civil, todo ha sido negado por los vencedores de la guerra durante cuarenta años y después matizado, dulcificado, falseado por una caterva de llamados historiadores como el nefasto Pío Moa, para confundir a las generaciones que no vivieron aquel genocidio. Por eso es posible también que no surja una rebelión potente, espontánea, ciudadana, contra estas leyes de hoy sobre la Memoria Histórica que nos traicionan.
Primo Levi (3) escribe que lo peor era que “muchos de los detentadores de secretos se encontrasen también de la otra parte, de parte de los opresores. Aunque fuera verdad que eran muchos los que sabían poco y pocos los que sabían todo. Nadie podrá nunca determinar con precisión cuántos, dentro del aparato nazi, podían no conocer las espantosas atrocidades que se estaban cometiendo; cuántos sabían algo, pero estaban en condiciones de fingir que lo ignoraban; y cuántos hubiesen tenido la posibilidad de saberlo todo, pero eligieron la vía más prudente de tener los ojos, los oídos y sobre todo la boca bien cerrados. Como quiera que haya sido y, aunque no pueda suponerse que la mayoría de los alemanes aceptara la masacre sin inmutarse, la verdad es que la escasa difusión de la verdad sobre los Lager constituye una de las mayores culpas colectivas del pueblo alemán, y la demostración más clara de hasta qué grado de vileza lo había reducido el terror hitleriano. Una vileza que se había convertido en hábito, tan profunda que impedía a los maridos hablar con sus mujeres, a los padres con sus hijos. Vileza sin la cual no se habría llegado a las mayores atrocidades, y Europa y el mundo serían hoy distintos.”
Primo se olvida de que la primera vileza fue el abandono de la República Española por parte de los gobiernos democráticos, vileza sin la cual no se habría perdido la Guerra Civil y toda la historia de Europa posterior hubiese sido diferente. Esa vileza que con mayor causa hundió en la ignominia a la mayor parte de los españoles que permanecieron en el país, puesto que la dictadura nazi duró trece años incluidos los de la guerra, y la española cuarenta y sus efectos se prolongaron varios más, sin que nos hayamos desembarazado totalmente de la herencia fascista. El silencio de muerte se hizo sobre las casas, los campos, las calles, las fábricas, los periódicos, los libros, las películas, las radios, única manera de permanecer camuflado, ignorado por la policía, no recordado por los jerifaltes políticos. Así, millones de españolitos, niños entonces o nacidos posteriormente ignoran las condiciones en que se proclamó la II República, las causas y los responsables de la guerra, la atroz dictadura, enseñados por sus educadores a conformarse, a acatar los principios del Movimiento Nacional, a ser esclavos sumisos de la tiranía de la Iglesia católica. Y lo más envilecedor es que muchas familias de izquierda actuaron de la misma manera y sus hijos ignoran como vivieron sus padres, cómo fusilaron al abuelo y al tío, que su madre y su tía estuvieron en prisión, que las pelaron al cero y les hicieron fregar los suelos del hospital con la lengua. Así ha sido posible que durante setenta años la mayoría de la población española no se rebelara, no transmitiera a sus descendientes los valores heroicos de sus padres, no opinara sobre los acontecimientos políticos del momento, no participara en la resistencia, no quisiera saber, ni oír ni ver. Que educara a sus hijos en el conformismo y el consumismo, y que acabara votando a la derecha.
En los años cincuenta, viviendo en Méjico donde publicaba una revista que tituló HORA DEL HOMBRE- siempre publicaba revistas- César Falcón escribió que no comprendía cómo el pueblo español seguía soportando una dictadura como la franquista, tras haber sido testigo de primera fila de la epopeya de su lucha heroica. Para él esta resignación de los españoles de hoy sería todavía más incomprensible.
Resulta indignante que los gobernantes presuman de haber aprobado la Ley de Memoria Histórica cuando lo hicieron buscando únicamente la complacencia de la derecha en las largas y cómplices negociaciones que se llevaron a cabo entre los representantes de unos y otros partidos -ha sido patético ir observando el proceso de adulación y complacencia con que la izquierda intentó contentar a la derecha- que concluyó en la degradación de una ley que la democracia nos debía desde hacía treinta años. Ya de principio, para lograr el adorado consenso con el Partido Popular, el Partido Socialista esbozó un proyecto absolutamente indigno para que pudiera ser considerado reparador de los sufrimientos de las víctimas de la Guerra Civil y de la Dictadura. Únicamente la intervención de Izquierda Unida le dio una apariencia de equidad. Pero también ésta formación política se ha declarado vencida ante las imposiciones de los partidos de derechas. Incluso Gaspar Llamazares fue capaz de afirmar que había que reparar a las víctimas y depurar las responsabilidades de las dos partes de la contienda.
Pero es que esta ley es consecuencia de aquella maldita Ley de Amnistía que los ingenuos y torpes izquierdistas que éramos aceptamos contentos el año 1977. Creíamos, en el colmo de nuestra tontería, que se aprobaba para beneficiarnos a nosotros, a los treinta mil procesados a la espera de juicio en el Tribunal de Orden Público que éramos al morirse Franco, varios miles de los cuales estaban en prisión. No comprendimos que en realidad se estaba pactando la impunidad para los franquistas, que se garantizaban que no se les reclamaría ninguna responsabilidad por los crímenes que habían cometido en aquellas cuatro décadas. La alegría con que recibimos a nuestros excarcelados nos nubló la lucidez y nos hizo perder de vista el último objetivo, la causa fundamental por la que Suárez y Fraga Iribarne y Arias Salgado y Blas Piñar y la cúpula militar, aceptaban la petición de Carrillo y Solé Tura de una amnistía para toda clase de delitos políticos incluidos los de terrorismo. Y esa expresión, sin condiciones, sin límites de motivación, les ha servido a los fascistas para quedar impunes eternamente. Ningún miembro de la familia Franco ha sido molestado para preguntarle por su implicación en la represión ni sobre el origen de sus bienes actuales, ningún ministro franquista ha dado cuenta de su gestión, ningún miembro de Falange ha tenido que confesar sus hazañas de los años treinta y cuarenta, ningún cura ni obispo ha explicado por qué apoyaron la “Cruzada” ni qué hicieron con los niños que se les confiaron a su educación, muchos arrancados de los brazos de su madre.
Mi asombro es oír repetir diariamente a los dirigentes socialistas y a los periodistas y comentaristas de las cadenas de radio más importantes y de los periódicos más conocidos, que es imprescindible obtener el consenso de todos los partidos. De todos, incluso de aquellos que dirigen los herederos políticos de los que organizaron y financiaron el golpe de Estado, de los que llevaron a cabo las matanzas indiscriminadas y los consejos de guerra y expoliaron a los republicanos. Partidos en donde se encuentran, impunes y radiantes, los hijos y nietos de los dirigentes y cómplices del franquismo. Al parecer la izquierda también desea esta alianza, quizá en cumplimiento de aquella vieja consigna del Partido Comunista de la “reconciliación nacional”, que fue tan incomprendida por los que debían reconciliarse con quienes los habían condenado a muerte.
Estamos asistiendo a una nueva rendición. Lo más patético de este episodio es comprobar cómo la izquierda le está pidiendo perdón a la derecha por atreverse a recordar los episodios del golpe de Estado, los padecimientos de los que defendieron la República, la represión que se sufrió bajo la dictadura. Atacados al parecer del síndrome de Estocolmo, los partidos que deberían haber planteado estas reivindicaciones en tiempos bastante anteriores, cuando estaban más ocupados en apagar los fuegos de la rebelión obrera aceptando los pactos de la Moncloa, se muestran enormemente comprensivos con la indignación que acomete a los representantes de los partidos de derechas cuando se les habla de la memoria de nuestras desgracias. Hasta el punto de aceptar la equiparación de la represión practicada por los fascistas durante cuarenta años, bajo las órdenes del gobierno franquista, del Ejército, de la judicatura, del partido de Falange y después del llamado Movimiento Nacional, con los episodios de violencia incontrolada en la zona republicana que duraron unos meses. Siguen pidiendo perdón por parecer de izquierdas.
Lo más triste de este periodo de la torturada historia de España es comprobar cómo después de tres cuartos de siglo de sufrir una genocida guerra civil, única en Europa, por intentar vencer a la bestia fascista, de padecer los rigores de cuarenta años de una dictadura cuya crueldad era desconocida en España, y de creer que habíamos instaurado la democracia, se aprueba una ley de resarcimiento de los vencidos que no tiene parangón con ninguna de las que se han impuesto ni en Europa ni en América ni en África.
Ni Alemania ni Francia ni Chile ni Argentina ni Grecia ni Portugal ni incluso la torturada Sudáfrica, han aceptado la impunidad de los que se beneficiaron con el sufrimiento de su pueblo. Apenas terminadas las dictaduras aprobaron de inmediato la nulidad de los juicios políticos de aquella etapa e hicieron, y continúan, un ejercicio de justicia y democracia aprobando leyes que rechazaban la prescripción de los crímenes y están juzgando a sus autores que cumplen decenas de años de cárcel. En Argentina hoy están abiertos más de treinta procesos contra los militares dictadores, y mantiene en prisión al principal jefe de ellos, el general Videla, a pesar de que tiene más de ochenta años. Alemania y Francia llegaron mucho más lejos concediendo indemnizaciones a los perjudicados, y todos sus gobiernos han pedido perdón a las víctimas.
En esta esquizofrenia en que el gobierno se ha instalado, hemos visto como aceptaba con complacencia que la judicatura española persiguiera a Pinochet, allende de nuestras fronteras, y al torturador argentino Scilingo en nuestro propio territorio, donde se le ha juzgado, condenado y encarcelado, en una digna defensa de los derechos humanos que consideramos compete a todos los países, independientemente de dónde y cuándo se cometieran los crímenes. Mientras, en España, ese mismo gobierno se opone a que se declare la nulidad de los consejos de guerra que durante el franquismo llevaron a la muerte y a decenas de años de cárcel a los antifascistas, sin garantías procesales algunas. Los mismos partidos que aplauden la nulidad de las leyes de perdón que dictaron los gobernantes argentinos, aceptan en España sumisamente que ni se hable de indemnizaciones a las víctimas, que se permita que subsistan monumentos conmemorativos del franquismo siempre que “tengan valor arquitectónico o artístico” -¿quién decide el valor artístico?-, y ya están pactando con la Iglesia que se le respete las placas de las fachadas de las iglesias con los nombres de sus supuestos mártires y los símbolos franquistas, yugos y flechas, escudo con águila imperial, que campean en los miles de pueblos que fueron torturados por esa misma iglesia.
Los mismos que aprueban y difunden la noticia de que se ha procesado y encarcelado a los parientes de Pinochet por la apropiación de caudales públicos, se indignan ante la sola mención de que a la familia Franco, y a tantas otras que se hicieron ricas mediante la adjudicación de los bienes de los asesinados; expropiaciones y robos impunes que se produjeron durante decenas de años, se les pida cuentas de su fortuna.
En definitiva, ser demócrata en España es diferente de serlo en Alemania o en Argentina. Hoy, ni siquiera a las víctimas sobrevivientes de la Guerra Civil y la dictadura se les otorga la satisfacción de ver a sus verdugos avergonzados. Porque nunca nos pidieron perdón.
El horror que los republicanos españoles presentían ante la amenaza de una victoria fascista, que tan vívidamente describe César en este libro, por liberar de la cual a sus hijos lucharon y murieron heroicamente en la defensa de Madrid, en las batallas de la guerra que ensangrentaron nuestra tierra, en las cárceles y en el exilio, lo hemos vivido desgraciadamente en carne propia los derrotados durante medio siglo y cuyos rastros todavía nos atormentan. Todos los peores temores, los más negros presagios, el hundimiento de las esperanzas de libertad, de igualdad, de progreso, que la República traía consigo, que predice Falcón en las páginas que siguen, se hicieron realidad. Y aún peor, la explotación económica de los trabajadores, la humillación de las mujeres, la perversión de la cultura, el desprecio de la ciencia y del progreso, prostituida la dignidad de los seres humanos, convertidos por las clases dominantes en meras mercancías, esclavos para proporcionar más beneficio al capital, estúpidos consumidores hoy de productos inútiles que engordan las arcas de los bancos, de las multinacionales, de las financieras, zombis que siguen las consignas repetidas por la televisión, ofendidos y contentos, indiferentes a las luchas del mundo, resignados sin orgullo.
Madrid, la novela de mi padre es sin duda un texto de propaganda de las consignas del gobierno del Frente Popular, de difusión del programa del Partido Comunista, destinado a insuflar ánimo al pueblo combatiente, tras dos años de guerra, escrito en ampuloso y épico estilo. Pero es también una crónica detallada del momento más importante de la historia reciente de España, un retrato conmovedor de las conductas, emociones y sentimientos de los miles de hombres, mujeres y niños, que lucharon en aquella contienda. Contiene un relato novelado, una crónica periodística, un programa político, unas sabias lecciones de prudencia ante el peligro del fascismo, de advertencia al mundo para que no olvide quien es el enemigo, de solidaridad con todos los pueblos del mundo, un ejemplo de internacionalismo proletario. Es, por tanto, un libro de plena actualidad. Y es, también, un buen libro.
LIDIA FALCÓN Bustarviejo, 18 de agosto de 2010.
(1) Ver La Transición Sangrienta. Antonio Martínez Soler. (2) Citado por Primo Levi, Memoria de Auswitchz , pg, 475 (3) Primo Levi, Memoria de Auswitchz Ver comentarios de facebook sobre este articulo |
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Veinte años más tarde del primer intento de reeditar el libro de mi padre, César Falcón, MADRID, escrito en 1938, Josep Ricou, el esforzado director de la editorial Hacer, grande hombre, amigo de los pobres y de los luchadores por el progreso y la libertad, y mío, ha retomado la idea y consigue hacerla realidad. Y me pide que lo presente, añadiendo mis palabras a las hermosas páginas que Antonio Buero Vallejo accedió a escribir prologando la obra y que lamentablemente no ha podido llegar a ver impresa ni a debatir sobre ella yo deseaba.












































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