Revista Rambla
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Letras y Cuentos Una sombra

Una sombra

 

 

 

 

Texto: Aida Miguez Ilustración Evelio Gómez

 

Suerte que no me han dicho nada, pensó Vanesa al agacharse para abrir la nevera mientras entornaba sus ojos oscuros (ojos de cabritilla asustada, ojos de cervatillo perdido), los achinaba un poco (como un explorador que avistase desde un barco el perfil de una maravillosa tierra ignota, reluciente y árida), y su estómago se abría lentamente como una espléndida flor tropical bajo el calor sofocante del verano, disipando de ese modo toda duda sobre la triste verdad del espectáculo que ofrecían los estantes vacíos y sucios de la nevera hacia la que en esos precisos instantes, mordiéndose los labios y muerta de hambre, omitiendo dudas y tristezas, Vanesa alargaba sus manos con la intención de llenarlas con la mantequilla, la leche y ese embutido de oferta que no había caducado aún. Suerte que hoy no se han fijado en mí, se dijo cerrando la nevera con un golpe de tacón. 

 

La mantequilla rodó sobre la superficie del pan como un reguero de lava por la ladera de un monte, impregnándolo todo con un manto ondulante y acuoso. Es porque no soy un hombre, murmuró con una voz muy tenue a la vez que dejaba caer dos lonchas de queso sobre la rebanada de pan; luego la levantó con un movimiento rápido y se la metió en la boca muy de prisa, casi como si temiese que una de esas niñas tan molestas que suelen pasearse sin merienda por el patio del recreo, alguna de esas niñas de cabellos rubios y ojos claros tan detestables pudiese irrumpir de pronto en la quietud de su hogar con no otra finalidad que reclamar un trozo del reluciente bocadillo que todavía humeaba intacto entre sus manos. Sí, un miedo indefinido guiaba los gestos de Vanesa cuando vorazmente, violentamente, instantáneamente se llevó a la boca la rebanada de pan con mantequilla, que desapareció en un abrir y cerrar de ojos esófago abajo, envuelta en un lujoso manto de amarga saliva.

 

Era inevitable; por más que lo intentase no podía ocultar el hecho de que durante toda su vida esa niña rubia había estado perseguiéndola de una u otra forma. Con sus ojos dulzones y su sonrisa perfecta esa niña la había amenazado, la había obligado a callar y a cederle su comida una y otra vez. Una y otra vez Vanesa había sentido ese extraño balbuceo, esa cosa indefinida vibrando entre sus dientes, la palabra creciendo en su lengua, hinchándose tanto que no podía pronunciarla, porque las mejillas explotarían como enormes globos rojos bajo la punzada de un alfiler, y los párpados se disolverían como nieve bajo la lluvia, dejándola completamente a oscuras. «No» era la palabra que Vanesa nunca había logrado interponer entre la niña rubia y ella misma. Eran las dos letras que se enlazaban y amasaban en su lengua hasta formar una especie de huevo quebradizo; porque sí, cuando ella dijese «no», cuando apretase con fuerza los puños y gritase «¡No, no te lo daré!», ya no habría vuelta atrás: la yema del huevo crecido en su lengua se derramaría inevitablemente; inevitablemente inundaría su boca como el agua de una presa abierta, se deslizaría por la comisura de los labios dejándola en evidencia mientras ella, la preferida de todos, la niña inmaculada que pasea sonriente y tranquila por el patio del colegio (la adoran, la adoran) se alejaba otra vez con lo que por derecho le pertenecía a ella, se alejaba, dejándola sola y hambrienta, sola con el amarillo reseco en sus labios, sola sin merienda en mitad del patio de colegio.

 

Pero ahora todo era diferente (Vanesa posó sus ojos en la carpeta verde que yacía en la repisa de la cocina).

 

Masticaba despacio, como queriendo saborear al máximo su victoria sobre la niña de ojos dulces que, a diferencia de ella (¡oh, cómo le dolía aún, cómo la torturaba a pesar de todo!), con toda probabilidad a día de hoy sería ya una mujer hecha y derecha, una mujer capaz de decir en voz alta lo tenía que decir, blandiendo palabras como espadas, armada de bronce y de plata, el oro de su pelo esparciéndose por el reluciente metal, siempre dispuesta a abalanzarse sobre cualquier pequeño ser que osase decir cosas como las que ellos solían decirle para sacarla de quicio, para dejarla en evidencia, inventándose toda clase de faltas que, desde luego, ella no había cometido. Porque sí, podía tener sus limitaciones; de hecho las tenía (bajó la vista y vio sus piernas hinchadas); tenía muchas (había codiciado tan intensamente el mar dorado de su pelo); podía no ser especialmente brillante en infinidad de cosas, no saber suficientes matemáticas ni suficiente griego, ser incapaz de acertar con la combinación de los colores cuando se trataba de una cena importante, o tardar demasiado en responder cuando alguien le hacía una pregunta sencilla, pero eso no, eso no podían reprochárselo: jamás consentiría que la acusasen de no pasar suficientes horas sentada en su silla preparando clases.

 

Un minuto, dos minutos, tres minutos. Es un hombre calvo con un polo rosa, lleva en la mano un anillo de plata, mira mis labios y mis piernas, dice algo sobre mis clases. Cinco minutos. Se quejan, los niños, se quejan. Tiemblo, tiemblo y no respondo. Ocho minutos. «Si no te sientes capaz podemos…». El hombre habla todavía, gesticula, fijos sus ojos en mis labios, gesticula. He recibido el golpe, su mano aprieta mi corazón. Doce minutos. Intento decir que… pero las lágrimas acuden en tropel a mis ojos y mis labios se separan el uno del otro en una horrible mueca de dolor. Le miro dolida, dolida me postro ante él, implorante y dolida atravieso corriendo el pasillo en dirección al cuarto de baño. Me voy, me voy, me voy...

 

Vanesa cogió la taza entre sus manos y sorbió la leche. Se estaba bien en casa a esa hora de la mañana, cuando los niños juegan en los patios, las mujeres caminan arrastrando hacia delante los carros de la compra y el sol golpea la superficie despejada de la plaza donde el hombre se reúne con el hombre y las palomas arrullan en un éxtasis de calor. Incluso el aire, terso y vaporoso como el peplo de una diosa, parecía querer reclinarse, acostarse entre la gente, tenderse como un gigante embrujado y dormir con los perros sobre los escalones, subirse en la bicicleta del chico que cruza la calle, lenta, casi inmóvil; quería descansar. Se estaba bien allí, aunque la habitación de los trastos tuviese goteras y el baño fuese demasiado pequeño. Casi podía decirse que lo habían logrado. Casi podía decirse que juntos habían arrancado al edén una migaja, nada apenas, un pequeño montón de hierba sobrante, pero suficiente al fin y al cabo para que pudiesen echar al suelo ese colchón viejo en el que solían sentarse después del trabajo, enlazando las manos, semidesnudos, con el calor de junio colándose por la ventana. Entonces tenía la sensación de ser como un hada saltando de flor en flor por anchos campos de trigo, los muslos iluminados por la luz del ocaso, velos agitándose bajo una suavísima brisa, y todo porque él la miraba, la miraba con amor y compasión, la miraba comprendiendo, la miraba haciéndose cargo de todas las lágrimas que no pudo contener cuando aquel hombre le habló de aquella forma en el pasillo de la escuela. Para él sabía suficientes matemáticas y suficiente griego; su cuerpo no era pesado, sino flotante como una mariposa danzando entre rosas. Él era la rosa en el jardín, era la constante en la integral, era el griego y la flotante mariposa; era el chiquillo que corría en círculos por el patio del colegio, manchas de sudor oscureciendo la camiseta gris; era quien salía en su defensa cuando niñas más fuertes que ella le quitaban la merienda sin más ni más; quien guardaba silencio cuando ella tropezaba en la hora de gimnasia, mirando serio y conmovido. Rojizo y sudoroso corrió hasta ella mucho tiempo después, cuando le llamó arrepentida, completamente destrozada. Serio y conmovido aceptó su tropiezo y lo perdonó todo, y gracias a eso ahora vivían juntos, vivían juntos en ese trozo de hierba arrancado al edén (parece un milagro, pensó Vanesa) desde hacía más de cinco años.

 

Sí, había vuelto arrepentida y completamente destrozada (aquí Vanesa hundió la mano en la caja de bombones y abandonó la cocina). Había vuelto hecha pedazos después de perderlo casi todo, los amigos y las fuerzas, aunque aún era dueña de su cuerpo, un cuerpo lleno de heridas, sí, pero ansioso por ser sanado, tembloroso y anhelante como un cachorro recién nacido. Al fin y al cabo, sólo tenía veintidós años. Al fin y al cabo, volvía y se lo daba todo a él, ponía en sus manos hasta el último átomo de su cabeza, hasta la última fibra de su corazón. Naturalmente al principio él la miró con recelo. El chiquillo con manchas de sudor en la camiseta gris siempre mira con recelo antes de dar el abrazo definitivo y decir en voz muy alta y muy grave «Ahora seremos amigos para siempre, ¿lo has oído?», y la frase sonaba como una súplica y una amenaza a la vez. Así que entonces él la miró con recelo y le preguntó por qué había venido. ¿Por qué había venido? ¿Por qué había pasado cuatro horas en ese autobús sin poder leer, ni pensar, ni dormir? ¿Por qué había murmurado hipnotizada «Vuelvo, vuelvo, ay qué será de mí»? ¿Por qué se despidió de su madre como un soldado que parte a la batalla? ¿Por qué en su maleta había una falda color carmesí, color amapola? ¡Por ti, por ti, por ti! ¡He venido por ti!, exclamó Vanesa aquella vez con su voz tenue y apagada.

 

Las palabras que la amordazaban cuando alguien la ponía a prueba preguntando su opinión. Todas las cuchillas que perforaban su lengua cuando un hombre con polo rosa le daba a entender que era mala profesora. Todas las cosas dolorosas eran de pronto pétalos de flor; algodones; miel y chocolate; y qué placer hablar con ese chiquillo enrojecido por el esfuerzo de correr; qué fácil desenrollar sin mayor dificultad el ovillo de su lengua cuando él la miraba con aquellos ojos llenos de recelo, anhelantes e indefensos... Entonces le contó toda la historia. Cómo aquello no había sido más un gran error, cuando le abandonó en marzo de aquella manera. Y le habló de su terrible sufrimiento, y del miedo que pasó durante esos meses que estuvo sola y lejos. Y de lo mucho que le había costado decidirse. Y que lo importante era que ahora ella estaba ahí, a su entera disposición, ahí, para empezar otra vez, desde el principio. «Pero no es el principio», dijo él y volvía los ojos hacia el suelo, alejándose, escapándose. Entonces Vanesa no tuvo más remedio que apartar todos los escombros y olvidar la choza inmunda junto al vertedero, las desesperadas horas en el autobús; tuvo que sacar brillo a sus heridas y tomar aire y alisarse la falda color amapola, la falda carmesí; tuvo que acercarse a él muy poco a poco como una gata mentirosa; y él retrocedía; y ella avanzaba; tuvo que colocarse a su lado en la silla y cogerle los hombros con las manos; tuvo que acercar su cara a la suya; tuvo que acercar sus labios, cerrar los ojos y besarle en contra de su voluntad mordiendo con fuerza sus labios. Después se desnudó. Así había empezado todo en realidad, con una chica que se quita la ropa pidiendo perdón.

 

Soy afortunada, pensó Vanesa mientras masticaba lentamente el último bombón y retiraba una silla de la mesa. Soy afortunada porque somos dos, él o yo, da lo mismo, nosotros. Pero Alejandra es un barco alejándose en el océano, una joya solitaria, una virgen, reluciente en su armadura.

 

Entonces Vanesa, satisfecha como un timador en un despacho oscuro, balanceando sus pies como una monumental duquesa que no cupiese en su columpio, ahíta de pan y de leche como un elefante de lodo y de agua, hundió su voluminoso cuerpo en la estrecha silla, abrió el portátil que yacía sobre la mesa, encendió un cigarrillo y fumó esperando a que los colores terminasen de fijarse la pantalla. Sonreía; esperaba.

 

Más allá de la mesa se podía ver la manta perfectamente lisa sobre el sofá, los cojines perfectamente ordenados, la colcha que le regaló su madre perfectamente cosida. Sí, era un auténtico encanto; el chiquillo incluso se había preocupado por arreglar el sofá antes de irse al trabajo temprano en la mañana. Sus ojos lo imaginaron arrojándose sobre él de cualquier modo en cuanto llegase a casa, rendido y exhausto. Entonces ella dibujaría un aro con el humo y lo estamparía en el aire como un beso. Porque realmente quería a ese chico fuerte que tanto necesitaba alimentarse y correr en círculos por el patio del recreo y sudar la camiseta. Quizá solo había sido un truco, pero un buen truco al fin y al cabo. Quizá no fuese más que una estrategia, pero la había conducido a donde ahora mismo se encontraba (Vanesa creyó ver a través de la ventana a dos hombres, uno calvo y otro anciano, que pasaban bajo su ventana golpeándose la espalda el uno al otro). Y, después de todo, aquel comienzo fue en verdad otro comienzo. Ahora era suya y sólo suya, pensó reclinándose en el respaldo de la silla, mirando con condescendencia la piel granulada de la barriga que asomaba más allá del pantalón, tierna como pescado hervido, blanca como una cebolla partida en dos, y Vanesa la oía rugir mientras fumaba apaciblemente tendida en la silla con la visión de su novio prendida en sus ojos. Le decía en silencio «Has vuelto». Le susurraba en respuesta «Te perdono». Era el colmo de la fortuna: pasear semidesnudos por ese trocito de césped robado al edén.

 

El ordenador estaba listo; los mensajes se sucedían en hilera.

 

Los ojos de Alejandra eran esmeraldas brillando en la noche. Su piel era lana y coral, tigre y serpiente, noche y día. La besó con el pensamiento a la salida del cine, cinco años atrás. Sus ojos refulgían; su voz se quebraba como una rama bajo el peso de la nieve. Era terrible, era monstruosa.

 

El nombre de Alejandra estaba escrito en la hilera de mensajes. Sólo Dios podía saber qué quería decirle ahora ella, Alejandra, que era capaz de gritarle al mundo sí y no sin sollozar, que podía formar sin dificultad la frase «Se equivoca usted, señor» y nunca corría pasillo arriba en dirección al cuarto de baño. Alejandra había sido siempre así; había sido fuerte y grande desde tiempos inmemoriales, desde el momento en que la oscuridad de la selva huyó espantada ante el alarido del fuego ardiente; desde la eternidad. Sus palabras como velas que resisten en el viento, lisas como perlas, una a continuación de la otra, esmaltadas, pausadas, tranquilas. Ahí estaban sus palabras. Sus palabras la abofetearon, la expoliaron, la zarandearon, se rieron de ella. No había vuelta atrás. La dolorosa presencia de Alejandra inundó de golpe la habitación; el verde de sus ojos, el lila de sus labios y el reluciente metal y la plata se esparcieron por todas partes, y su risa crepitó como una cascada en el claro de un bosque. Alejandra se reía a carcajadas de su mundo hecho de plaza, colchón, madre y chiquillo sudoroso. Alejandra irrumpía en mitad de su casa para decirle que todo eso era ridículo, era minúsculo. Y lo peor era que la espada salía ensangrentada de su pecho, la tierna barriga espumosa había enmudecido de veras y las lágrimas se amontonaron en la cuenca de sus ojos dejándolos en blanco. Pero no –pensó Vanesa recordando su reciente victoria en la cocina–, no debía darse por vencida. Que no fuese en vano. Que el chiquillo no quedase sin medalla. Que el perdón y la estrategia no se viesen reducidos a ceniza. Lucharía. Ni toda la grandeza de Alejandría desierta, ni toda la sabiduría de Atenas resucitada podía llegar y barrerlo todo de un plumazo (colchón, mesa, silla y caja de bombones), soplando como una bestia en la noche, gritando burlona «¡Tu madre te ha cosido la colcha, tu niño ha manchado la camiseta gris!» 

 

Dejó que la ceniza cayese en el suelo y empezó a escribir. Sería un mensaje corto, unas líneas solamente. A su espalda un espejo colgado en la pared reflejaba su pelo castaño. Quizá sólo él supiese que Vanesa sacaba sus fuerzas de la aguja de coser de su madre y del eterno sudor de su novio mientras escribía por última vez a su amiga Alejandra.

 



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