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Letras y Cuentos Los buenos siempre lloran

Los buenos siempre lloran

 

Texto: Aida Míguez Barciela Ilustración: Evelio Gomez

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Y entonces alguien se pregunta, horrorizado ante la grasa y la sangre que rezuma de unos estómagos de cabras muertas extendidos sobre el fuego, compungido quizá ante el doloroso espectáculo de dos mendigos desnudos batiéndose en duelo (como perros furiosos, como buitres solitarios en mitad de un desierto, y todo por nada, porque nada tienen y nada esperan, porque nada más valioso que el crujir de las tripas en sus cuerpos está en juego), entonces alguien se pregunta (moviendo la cabeza, apartando la mirada, librando por su cuenta una batalla contra el hambre y la sed que nunca ha conocido, mientras su bufanda roja parece estrangularle y los botones dorados quieren dar un brinco más allá del pantalón): ¿por qué esa risa inextinguible rebotando en las paredes, por qué ese estruendo, por qué esa fiesta, por qué ese círculo de jóvenes en torno a dos mendigos golpeándose?

 

¡Oh manto del cielo, que no cubres por igual todas las noches que un hombre ha de pasar sobre la tierra! ¡Oh vida, que serpenteas como un tren en la llanura, hundiéndote en negros túneles durante más tiempo del que podemos resistir sin echarnos a llorar! No quisiste que viviésemos sin conocer el frío que penetra la carne de un vagabundo a la intemperie; te negaste a que pasásemos de largo ante las tristes ruinas de un hombre que en otro tiempo fue feliz; nos obligaste a escuchar toda la noche su quejido lastimero; y ahora, hundidos hasta las rodillas, atrapados en el mismísimo centro del túnel, sin luz abriéndose a la vista como una marea de olas blancas, a inmensa distancia ya la estela dorada del comienzo, ahora los vemos a todos, todos los mendigos zarandeados por la tierra, los vemos tiritando, inclinados, doblegados, los harapos ondeando al viento, ciudad arriba y ciudad abajo, y siempre una promesa en sus labios, siempre una maldición en sus oídos, y el espectáculo es espeluznante.

 

Un presunto anciano recorre un camino pedegregoso apoyado en un bastón; un perro muere sobre una montaña de estiércol; un pastor profiere su amenaza cerca de la fuente de las ninfas. El viento galopa sobre la espalda de la noche; la escarcha rocía de blanco la hierba en la mañana. En los amplios salones de las casas están los asientos que no nos corresponde ocupar; el vestido que no tenemos; la carne que no probaremos; el fuego que nos falta. Son cosas que uno descubre siempre tarde, cuando el día se zambulle en la oscuridad como un atleta cansado y el año reclina su cabeza para morir en la última hoja de un álamo desnudo. Tarde, cuando ya nada queda de aquella muerte hecha de luz y de cólera (te desplomaste en la tierra ensangrentada), y sin embargo algo queda todavía.

 

Quedan sombras, penumbras, tinieblas; quedan chozas y palacios, establos con cerdos de blancos dientes abarrotando rediles; quedan salas llenas de mujeres presurosas sirviendo comida en bandejas de plata. Esposas que lloran, hijos que crecen; cabras, bueyes, jabalíes; ancianas que muelen trigo en la aurora, chicas que llevan el cántaro a la fuente; calderos, bañeras. A todas estas sombras congregadas al anochecer (las aves pliegan sus alas, el búho despierta en la copa del árbol, la mujer se duerme en el lecho), a todas estas zonas oscuras, invisibles bajo el ardor enceguecido del comienzo, dona luz y hace justicia el poema que es la Odisea.

 

Porque no sólo morir en Troya era importante. Después de todo, ahí está la vida, enroscada a nuestros pies como una serpiente, voraz e insatisfecha como una leona hambrienta, y debemos aprender a tenerla con nosotros sin ser aniquilados. Debemos aprender qué se necesita para seguir con vida en un mundo lleno de situaciones inciertas, con el dolor esperando a la vuelta de la esquina, el error abriendo sus fauces como una trampa en un bosque, y siempre solos, sin recetas ni consejos ni voces susurrando una respuesta. Tal vez sea el momento de detener a la serpiente y preguntar ¿cómo es posible que continuemos en pie, inconmovibles como rocas, firmes como el hierro?; ¿cómo es posible que sobrevivamos cuando pastores obscenos nos golpean en la espalda y un príncipe nos niega su trozo de pan? Sí, quizá sea esto lo que verdaderamente importa cuando uno ha llegado contra toda expectativa hasta ese momento en la vida en que, boquiabierto, incrédulo, estupefacto, se dice a sí mismo en silencio «Bien, aquí sigo, aquí continúo pese a todo».

 

Una vez que ese joven lleno de orgullo y de furia se desvaneció en el aire como un astro rasgando el cielo; una vez que el eterno sol del mediodía ardió en el cenit y después se inclinó, un hombre zarandeado por los confines de la tierra aparece de la nada como un ángel vengador y alza su voz y dice «calla no sólo cuando los necios te injurien, sino también en los momentos de triunfo jubiloso; continúa, persevera, y no permitas que los ojos lloren hasta que todo haya terminado». Odiseo es el hombre dichoso que lleva consigo a todos los mendigos del mundo. Es el presunto anciano en cuyos harapos sentimos el frío de la noche tanto como la calidez del fuego y la suavidad de un manto. Él nos enseña a despreciar la belleza cuando ésta no es más que un envoltorio vacío (ahí están las suaves manos de Liodes, demasiado débiles para sostener el arco). Nos enseña que tenemos que llorar, no ya porque el orgullo y la furia hinchen nuestros pechos, sino porque la vida serpentea como un tren cruzando la llanura, dejándonos a oscuras, una y otra vez. Entonces lloramos como sólo los hombres buenos lloran, por compasión y a todas horas, blandiendo heridas brillantes como estrellas, diciendo que sí, que aquí seguimos, sentados en tronos de piedra, vestidos con ropas tejidas en el silencio de una habitación, comiendo y bebiendo; que aquí hemos llegado, al final del túnel, mareas de luz envolviendo la cintura, todos los mendigos con nosotros, tiritando y arrastrándose sobre un camino pedregoso, golpeados por idiotas junto a bosques inundados por el agua de las ninfas, tristes, fatigados, temblorosos. Y que no lo hemos olvidado, y aún lloramos, lloramos siempre, como todos los buenos siempre lloran.



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