DÒRIAMartes, 24 de Enero de 2012
Evelio Gómez
El grupo Apunta teatre, instala una barca de salvamento, en el vacio escenario de la sala Muntaner, en ella encontramos a dos figuras envueltas en una manta Maggie Stuart (Laura Sancho) y la señora Anna (Núria Valls), son dos supervivientes del naufragio, la señora Anna, mujer mayor, mirada al infinito completamente ausente, Maggie más activa, inquieta, esperando ayuda, supone que tienen que haber otros naúfragos. Pasa el tiempo y van apareciendo nuevos supervivientes, John Mastroniardi (Ramón Godino) un tripulante del Andrea Dória, mandón, intransigente y patriota; más tarde se integra un joven sueco August Svenson (Adria Devant), que cayó del barco Stockolm y que sólo habla sueco, el último de incorporarse al grupo es Alexander Jones (Joan Sureda), un joven vividor que dice que viaja por placer y en su pasaporte tiene otro nombre al lado de su fotografía. Todos estos personajes conviven en la barca con la esperanza de ser rescatados, pero tienen poca comida y poca agua. John Mastroniardi impone con autoritarismo el racionamiento y las normas de convivencia, empiezan las discusiones y enfrentamientos, primero por la actitud de la señora Anna, pobre mujer con problemas familiares (lo sabemos por una carta que es arrancada de su mano, por el rudo Mastroniardi y es leída en voz alta); del sueco no sabemos nada, le cuesta comunicarse y si lo hace no se le entiende, los demás van explicando sus historias, la separada Maggie Stuart nos cuenta la triste muerte de su hija; Mastroniardi no cuenta casi nada, según dice es ayudante de cocina y de Alexander Jones, sabemos que le gustan los hombres como a Maggie, es un artista que cruza a menudo el Atlántico dedicándose a ilícitos trabajos. Con estos personajes se intenta crear un «thriller» con un desarrollo demasiado lento en la primera parte, con transiciones de noche al día, acompañadas de una música ambiental inquietante de Joan Valent, y una parte final acelerada llena de sobresaltos a veces incomprensibles. Pasamos de la angustia por el naufragio, a una relajación entre algunos de los naúfragos que sólo se ve alterada por alguna sobreactuación afectada, con la dificultad añadida de crear ese ambiente cerrado, aislado y axfisiante de una barca a la deriva.
La intención del autor Ivan Campillo, era crear un texto teatral como si fuera una película (el tratamiento gráfico de cartel lo confirma), en cambio, las intenciones no se hacen realidad, es otro lenguaje, nos cuesta creer que estemos en la soledad del oceano, que los hechos que suceden sean creibles sólo con el decorado, las luces, la música y la actuación de los actores.
Sabemos que han sido asesorados por el museo marítimo; el tipo de barca de época, supongo que también el kit de supervivencia, la linterna, pero encuentro a faltar algún chaleco salvavidas y un deterioro en el vestuario; comprendo que no es necesario que los cuerpos y los peinados estén mojados, pero parece que se haya interrumpido un baile de noche y han acabado todos en la barca.
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