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Cultura Cine CICATRICES Y SURCOS EN BERLIN ALLEE

CICATRICES Y SURCOS EN BERLIN ALLEE

 

 

 

 

Texto: Joan Pere  Fotos: Rocío López

“La ventaja de ser inteligente es que así resulta fácil pasarse por tonto. Lo contrario es mucho más difícil” Kurt Tucholsky

 

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Llegué a Schönefeld sumido aún en los efectos del diazepán. Había sido un vuelo apacible y estaba realmente relajado. Me recibió un cielo nublado y gris, plomizo, distinto al que me había despedido en Barcelona, también gris, pero en ese caso por culpa de un anticiclón que taponaba la contaminación de la ciudad condal. El frío berlinés no consiguió sino acentuar mi insensibilidad, parecida a la de un autómata. Una sola idea ocupaba mi cabeza: dirigirme al Sony Center en Potsdammer Platz, donde conseguir mi acreditación de la Revista R@mblapara la 61ª Edición Internacional de la Berlinale, el festival de cine que se celebra anualmente en Berlín. Tal vez entrevistaría a los hermanos Cohen, a Kevin Spacey, a la presidenta del jurado Isabella Rossellini o al nuevo 'nuevo James Dean', el actor californiano James Franco.

 

En el largo recorrido de la U7 hasta Yorckstraße, observé a un tipo alto, con gafas y que -por alguna razón que se me escapa- resultaba obvio que también se dirigía a la Berlinale. Me acerqué a él y le abordé:

-      ¿Crítico de cine?

-      No, productor-. Contestó, tras observarme extrañado un par de segundos, como si le hubiera anunciado que traía un mensaje del futuro para él.- Vengo a la Berlinale a buscar co-productores, ya sabes, más financiación...

-      ¡Oh, productor! -. Ahí vislumbré la posibilidad de lograr una entrevista con alguien del 'star-system'.- ¿Puede que conozca alguna película que hayas producido?

-      Hasta ahora he producido seis cortometrajes... -Debería haberlo sospechado: un productor de cine desplazándose en metro- Quizá conozcas “La historia de siempre'.   

-      No, lo siento, no estoy muy puesto en el mundo de los cortometrajes...

-      Entonces... -Y ya no dijo más. Yo tampoco: me sentía mal por ser tan poco conocedor del mundo del cortometraje y quizá también porque tenía el estómago vacío, y la cerveza me estaba atontando.

 

En aquél momento no lo sabía, pero había contactado con Arturo Méndiz, productor, en efecto, de “La historia de siempre”, un cortometraje ambientado en Barcelona y que ha sido galardonado con diferentes premios y menciones en alrededor de treinta certámenes internacionales. Una vez en Potsdammer Platz, antes de entrar en la oficina de acreditaciones, me despedí  de Méndiz: “¡Suerte en tu búsqueda de financiación!”.

 

En la oficina de acreditaciones, las cosas pronto se pusieron feas. Una muchacha guapa y fría como una tumba me gritó:“Das ist kein Pass für die Berlinale! Das ist eine Klorolle!”. No comprendí nada, pero le respondí con lo que me permitió mi exiguo alemán: “Alles klar”. Y un guardia de seguridad me acompañó hasta la salida. Caían ligeros y diminutos copos de nieve. Comencé a deambular, barajando qué opciones se presentaban ante mí: llamar a la redacción en Barcelona y explicarles lo ocurrido (con el consiguiente riesgo de adelantar mi regreso a ese mismo día), o aprovechar la estancia en la ciudad-estado de Berlín. Era seguro que, sin acreditación, nadie se haría cargo de mis gastos de alojamiento y dietas. Eso era un punto en contra para la decisión de quedarme en Berlín. Sin embargo, contaba con un as en la manga: sabía a ciencia cierta que a Sònia Moritz no le importaría en absoluto alojarme en su casa algunos días, los suficientes hasta que supiera qué iba hacer en Berlín.   

 

Caminando sin rumbo, me topé con la exposición permanente “Topographie des Terror”, muy cerca del Ministerio de Financias. Dentro de un recinto de color blanco, rodeado de miles de piedras grises  y negras del tamaño de un puño que cubren el suelo, la memoria colectiva alemana realiza un ejercicio de catarsis, una especie de fuego purificador continuamente aventado para mantener su incandescencia. Es una exposición basada en el duelo por las víctimas y en la permanente culpabilidad por las atrocidades perpetradas. ¿Cuánto habrá que esperar España, para contar con un lugar semejante a éste? Quizá no sea posible hasta que una guerra sea vencida.

 

Me dirigí a Liebig Straße, donde esperaba encontrar a Sònia Moritz. Sin embargo, el edificio autogestionado en el que mi amiga residía, conocido por el número 14, frente a una escuela de primaria, se encontraba vacío; situado en un cruce en el que, por lo menos, se contaban seis o siete edificios, también autogestionados, y tres o cuatro guarderías. Pero el número 14 de Liebig Straße lucía en los balcones barras y rejas, como si se hubiera querido evitar el asalto de visitantes no deseados. Ahora sí que empezaba a estar preocupado. Y hambriento.

 

La cuestión del hambre la solucioné en el Nil, un acogedor inbiss sudanés, cerca de Karl Marx Allee. Decidí escribir un correo electrónico a Sònia advirtiéndola sobre mi desamparo. Confiaba que antes de la noche hubiera obtenido una respuesta. Las calles de Berlín, frente a los portales de los edificios, cuentan con pequeñas placas doradas con las que es muy sencillo tropezar: son placas en las que se lee grabado el nombre de judíos, sus fechas de nacimiento y defunción, además del campo de concentración al que fueron deportados. Son cicatrices urbanas para no olvidar.

 

altSònia me citó en la Breitscheldplatz, junto a la Kaiser Wilhem Gedächtniskirche, una iglesia que fue medio derruida en 1943, cuando la lluvia de bombas en Berlín rozaba lo cotidiano. Actualmente se encuentra en proceso de reconstrucción, igual que Sònia: me explicó que había solicitado el Hartz IV, un subsidio para desempleados de larga duración, y que casualmente estaba siendo motivo de debate en la política alemana. Unos querían ampliar la cantidad de dinero destinada a esta ayuda, otros no, y todos defendían sus argumentos. También me habló angustiada sobre la llegada masiva de personas en cayuco a la isla de Lampedusa, en Italia. Parece ser que en cuestión de días una pequeña isla del Mediterráneo con cerca de 5.000 habitantes, había visto doblada su población. Y los supuestos centros de acogida se encontraban fuera de servicio; otro drama humano. No llevaba ni diez minutos con Sònia, y ya me veía desbordado ante tanta información.

 

Paseamos hasta el Museo de Kate Kollwitz, una pintora y escultora alemana que retrató el horror de la I Guerra Mundial y sus secuelas con una voz firme y atinada, pero que sólo hizo eco en los oídos sordos del periodo que desembocó en la II Guerra Mundial. La protección maternal y la muerte, o ambas cosas de la mano, son los aspectos que Kollwitz centra en su obra, cruda, veraz, capaz de conmover al mismo John Wayne si esto aún fuera posible. Al salir del museo, Sònia me llevó a Kreutzberg, donde unos buenos amigos, R.S. y M.B., la habían acogido después del desalojo del Liebig 14. Aquel día cerca de 10.000 personas salieron a la calle para solidarizarse con los ocupantes del edificio; una cantidad similar a los valientes que se manifestaron en Barcelona la huelga general del 27 de enero. Parafraseando al pastor luterano Martin Niemöller:“Cuando vinieron a por los pensionistas, yo no dije nada porque no era pensionista; cuando vinieron a por los okupas, yo no dije nada porque no era okupa; cuando vinieron a por los parados, yo no dije nada porque tenía trabajo; cuando vinieron a por los imbéciles, me entregué sin resistencia...”.

 

Una vez con R.S. y M.B., fuimos al Havanna Club, una simpática coctelería decorada con los rostros de Ernesto Che Guevara y de un Fidel Castro joven y revolucionario. Sonaba Compay Segundo. Esa misma noche, en la Berlinale, se presentó una película sobre el club de fútbol Sankt Pauli: “Gegengerade”. Después del estreno, estaba previsto un concierto de punk. La fiesta, sin embargo, se vio interrumpida por la aparición de seguidores del Hamburgo, razón por la que la presentación de la película acabó en un auténtico reguero de hostias. Pensé que hubiera sido interesante asistir: tendría un artículo estupendo. Era el final de un día duro y todavía no sabía si volver a Barcelona o escribir alguna cosa sobre mi estancia en Berlín. Tomé un par de Long Island Ice para sopesar mejor la situación.        

 

Al día siguiente, Sònia me enseñó algunos bonitos rincones de Kreutzberg, como el mercado turco y el paseo por Maybachüfer. En este paseo, cruzamos la mayor cicatriz que recorre Berlín, y que no es otra que la que dejó el muro derribado en 1989. Junto al río, Sònia me mostró un wagenplatz llamado Lohmühle (como la calle donde se encuentra): un wagenplatz es un lugar donde se instala la gente para vivir en caravanas. Y no de cualquier modo: en Lohmühle, cuando es verano, proyectan películas al aire libre. Se asemeja a un campo de feriantes, un lugar agradable donde residir. Sònia me dijo que, quizá un día no muy lejano, instalarse en un wagenplatz sea una solución a tener muy en cuenta. También me explicó cómo los vecinos de Kreutzberg protestaban por el aumento de los alquileres, situado alrededor de un 25%. Aún así, tener un techo en Berlín seguía siendo más barato que en muchos lugares de Barcelona. No pude evitar recordar la cantidad de desahucios previstos en Nou Barris. La gentrificación -o cambio gradual de la clase social residente en un lugar por otra con mayor poder adquisitivo- resultaba una pandemia similar, tanto en Barcelona como en Berlín, y la crisis económica no hacía si no agudizar sus efectos. Podríamos remitirnos a la ley de la oferta y la demanda, naturalizar así la inexorable mano invisible del mercado. Sin embargo, los niños ya se han acostado y no hay necesidad de explicar cuento alguno.

 

Por contra, la vida civil en Berlín no aparenta ser tan regulada como en Barcelona. Por ejemplo: hay lugares públicos donde se puede fumar y otros en los que no, y nadie se quema a lo bonzo ni por una cosa ni por la otra. Se observa, sin escándalo, a un tipo trajeado, encorbatado y repeinado tomándose una cerveza en plena calle, a la espera que el semáforo se ponga en verde. Cae la noche y si no queda alcohol o tabaco en casa, uno se puede acercar al badulaque más cercano seguro de encontrar lo que busca. Hubo un tiempo en que Barcelona era así. Luego llegó la normativa cívica de comportamiento tratando de convertir a los barceloneses en auténticos ciudadanos europeos. Ahora sobran regulaciones y falta ciudadanía. Es evidente que el modelo europeo no era Berlín. Tal vez fuera Múnich.

 

Le expliqué a Sònia mi interés en entrevistar a alguna personalidad asistente a la Berlinale. Me recomendó que nos acercáramos al Café Zapata, en el centro Tacheles, donde posiblemente encontrara a alguien relacionado con la 61ª edición del Festival Internacional de la Berlinale. Así lo hicimos: el centro Tacheles es un lugar, con estética postindustrial, donde se venden esculturas de hierro forjado, pinturas y ropa por un precio nada popular. Sin embargo, nadie con quien hablé había asistido a la Berlinale, no digamos ya presentar una película. Después, fumé un cigarro en la estación de Warschauer Straße, tan de la década de los cuarenta del siglo XX. Tenía los pies helados y la cabeza nublada. Quizá por ello, para despejarme, Sònia me llevó a Treptow Park, a admirar el monumental memorial en recuerdo al liberador soviético: la enorme estatua de un soldado que sostiene, en una mano, una espada sobre una esvástica cercenada y, en la otra, una criatura. La hoz y el martillo lucen en aquel lugar, junto a frases de Stalin grabadas en la piedra, como testimonios perennes de otra cicatriz berlinesa.  

 

A la mañana siguiente, Sònia y yo nos fuimos al campo de concentración de Sachsenhausen, en Oranienburgo, a 34 kilómetros de Berlín, en el vecino estado de Branderburgo. Al llegar al campo, mi estómago se retorció nervioso, igual que un dictador aferrado al poder durante décadas ante las revoluciones populares. Tuve que visitar el baño urgentemente. No había papel, aunque por suerte aún llevaba encima mi acreditación de la Berlinale. Lo que ahí quedó de mí era un millón de veces más hermoso que aquello que Schasenhausen guardaba en su interior.

 

En los árboles desnudos, una aviesa parvada de cuervos graznaban como si advirtieran a los visitantes de que, más allá del “Arbeit macht frei” forjado en la puerta de entrada, Sachsenhausen seguía envuelto en un halo de profunda maldad, una atmósfera acentuada por un día invernal filmado en blanco y negro. Muchas cosas hay que explicar  sobre Sachsenhausen: sin contar con el renombre de Mathausen-Gusen o de Auschwitz-Birkenau, Sachsenhausen fue el centro administrativo de todos los demás campos de exterminio nazis. Ser oficial de las SS y estar destinado en Sachsenhausen suponía muchos réditos a la hora de promocionar en el escalafón militar. En Sachsenhausen, en una cárcel dentro del propio campo de concentración, pasó gran parte de su exilio junto a otras personalidades extranjeras (o autóctonas, como el pastor Martin Niemöller), el llamado Lenin español: el ex presidente republicano Largo Caballero. En Sachsenhausen se calcula que fueron asesinadas más de 30.000 personas, aunque es imposible saber cuántos fusilamientos se realizaron sin registro alguno. En los alrededores de Sachsenhausen, se han encontrado grandes capas enterradas de cenizas de origen humano. El campo de concentración de Sachsenhausen fue liberado por el Ejército Rojo, que, posteriormente, mantuvo durante cerca de cinco años las mismas funciones para reprimir a todo aquél sospechoso de no comulgar con la URSS (todas las funciones, excepto el crematorio...). Sachsenhausen es una doble lección: primero, lección para no olvidar y segundo, lección sobre cómo gestionar ese recuerdo. En 1992, diez días después de la visita del -por aquel entonces- primer ministro israelí Isaac Rabin, un grupo de neonazis fueron a Sachsenhausen y quemaron el barracón 38, uno de los asignados a los prisioneros judíos.

 

Nada de lo que escriba hará justicia a lo que allí se puede contemplar y, menos todavía, a lo que allí se vivió. Escapamos de Sachsenhausen como quien despierta de una pesadilla, preguntándonos de dónde diablos vienen todas esas ideas tan retorcidas.

 

Regresamos a Berlín destrozados y meditabundos, agotados; pareciera que en lugar de regresar en tren, hubiéramos salvado a pie los 34 kilómetros de distancia. Sin embargo, Sònia aún guardaba una pequeña sorpresa para mí: con vistas a la estación de Kottbußer Tor, donde lo más granado de cada casa aguarda el metro, se halla un pequeño garito de nombre “La Paloma”. Era un lugar sin ventilación: en el vaho de las ventanas, alguien con buen pulso había escrito “RSK”. Allí bailamos, fumamos y bebimos ron con wostok (una cola con sabor a bosque de abetos, o pinos), tratando de deshacernos, por una noche, del ejercicio de memoria que Sachsenhausen había sellado en nuestro ánimo. No fue sencillo: en casa de M.B. y R.S., dimos cuenta de una botella de Jägermeister.

 

Al día siguiente, en el aeropuerto, supe que mientras olvidábamos en “La Paloma”, a la misma hora en la Berlinale, se había presentado el documental The Big Eden sobre el octogenario Rolf Eden, un playboy judío que era dueño de unas cuantas discotecas de Berlín.

 



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